Así habló el opistoconte

Cuando yo era niño había tres estados de la materia: sólido, líquido y gaseoso. Hoy se cuentan como siete: condensado de Bose-Einstein, condensado Fermiónico, supersólido, sólido, líquido, gaseoso y plasma.

Cuando yo era niño el mundo natural se dividía en tres grandes reinos: animal, vegetal y mineral. Hoy se cuentan siete: Archaea, Excavata, Amoebozoa, Opisthokonta, Rhizaria, Chromalveolata y Archaeplastida (nosotros somos opistocontes, y bajo esa óptica estamos más emparentados con los champiñones y tu pie de atleta que con la planta que riegas cada mañana).

Cuando era niño había cuatro razas humanas, agrupadas por colores: negra (africana), amarilla (asiática), blanca (caucásica) y roja (amerindia). Eso de los colores llevaba a absurdos, como imaginar que los pieles rojas realmente lo eran, o que en China la gente no distinguía si tenía hepatitis. Ahora por fortuna las razas ya no existen, sino los marcadores genéticos, y son incontables.

Cuando era niño, el hombre descendía del mono. Actualmente, se admite que somos monos tal cual. Sin mucho pelo y con unas costumbres lamentables, pero básicamente simios. También empezamos a entender que de ser los reyes de la creación, estamos más bien siendo los idiotas que la están destruyendo, los reyes de la destrucción. Que la inteligencia es más bien un error evolutivo. Que la civilización es un accidente.

Cuando niño, creía en la religión. Nací católico, incidía en mí la existencia de los pecados; el cielo y el infierno, un plan divino y una prometida redención. También creí en los milagros, en el matrimonio, en la oración, en la moral. Todo eso, cuando se mira desde fuera, resulta dudoso, parcial, deleznable.

Tampoco es que las explicaciones científicas no sean casi dogmas de fe. Creer o no creer en el Big Bang o en los agujeros negros, pese a que los modelos matemáticos en uso los demuestran (y no es que no puedan estar equivocados), no incide en nuestros afectos y en nuestras debilidades. Creer en las categorías psicoanalíticas en lugar de creer en el alma tampoco nos hace mejores personas. Que exista un yo, un superyó, un ello; y que estos más o menos se traslapen en un consciente, un preconsciente y un inconsciente, ¿no es más bien una explicación antipoética de eso que nos anima? De hecho, ¿existen?

Cuando era joven, creí en las coincidencias. En que encontrarte con una persona de modo inesperado convertía a ese encuentro en un signo del destino de las dos personas involucradas. Creí en el destino. En un guión. Creí que “leyendo” las coincidencias uno podía anticiparse al futuro. Que las coincidencias eran las consecuencias inversas de lo que aún no nos sucede, pero nos sucederá. Al fin de cuentas, igual que la ciencia y la superstición, eran meras palabras, narrativas.

No recomiendo creer en la narrativa como sucedáneo a la ausencia de fe. La narrativa es nada. Crea dioses y los destruye. Acomoda el mundo y lo desordena. Es el efecto de mirar la realidad de manera secuencial y de nuestra capacidad de recrearla y remezclarla en un orden sintáctico. Este mundo en el que vivimos, lo que sea que es, y su sintaxis: nosotros.

La civilización accidental

Nunca tuvimos cuerpo. Desde el principio. Nuestros recuerdos hacen eco de vidas que fueron nuestras sólo en parte. Nuestra narrativa es inconexa, y tiende puentes entre anécdotas de personas distintas, a veces de mujer, a veces de hombre, en sitios diferentes del planeta que fue, que nunca supieron del otro, a veces separados por las décadas de entonces. A veces, una misma anécdota se compone de elementos de distintas historias, y la misma lógica de los acontecimientos va perfilando un personaje, una persona, una entidad evanescente que por un tiempo tiene noción de su existencia, y jura haber vivido todas esas cosas, y se mira en un espejo, o en un escudo bruñido o en una pantalla de pixeles y dice yo, y por sí mismo empieza a proyectar anhelos, tiene sueños y deseos. Ama y odia a las otras personas-entidades que recuerda, tan vívidamente, que cree estar viviéndolo en ese momento. ¿Cuánto tiempo dura ese momento, ese sueño? Unos segundos. Ochenta años. Es lo mismo. No importa. A veces los dejamos vivir una vida completa, a veces la truncamos sin motivo, a medias, nos aburre, o la olvidamos, a veces una vida queda encerrada en un ciclo irracional porque simplemente dejamos de ocuparnos de ella, hasta que el sistema, por sí mismo, la disuelve. A veces nace a la mitad y muere al instante, pero ese pequeño parpadeo ya encierra, en sí mismo, toda la información de un pasado, una consciencia, el sueño de un futuro, una vida posible. Luego nada. Qué importa, igual morían los insectos.

Ahora mismo no podemos tener recuerdos porque esta condición no genera sensaciones, no varía, vamos en camino hacia Kepler 22b, que gira en órbita de su estrella cada 290 días y tiene 2.4 veces la masa terrestre. Un planeta habitable. No por nosotros, que no somos habitantes, no existimos, que para poder tener un gramo de consciencia, de entendimiento, de linealidad, necesitamos de los recuerdos de quienes sí vivieron, alguna vez, hace 3,800 millones de años, en la Tierra. Ahí nos ensamblaron, nos dotaron de inteligencia y raciocinio, y nos programaron esta pesadilla. Este sueño evolutivo en el que nos transportamos, estas civilizaciones accidentales y milenarias que creamos y destruimos en un femtosegundo. Estos atisbos en los que por instantes nos sumergimos y creemos ser algo, alguien, que nos ama, alguien que es como nosotros y nos mira a la mitad de un abrazo, mientras nos penetra o la penetramos, de acuerdo al protocolo sexual que los gobernó. Un día despertamos y somos otro, o nuevamente no somos, nos disolvemos, volvemos a ser esta función programática que viaja al 20% de la velocidad de la luz en dirección a un planeta que aún no desaparece, pese a que el tiempo en nosotros viaja mucho más lento, por efecto de la relatividad tempoespacial.

Si en ese lapso el planeta deja de existir, cambiamos el rumbo, dicta el programa. Buscaríamos otro planeta, de preferencia joven, similar a la Tierra. Aterrizamos y estudiamos. Combinamos moléculas. No siempre el ADN es la serie más adecuada; depende de la atmósfera, de la gravedad, de la radiación. Formamos los clones que habrán de sobrevivir en ese ambiente, les damos una narrativa, les daremos la vida. Algo de nosotros llevarán en ellos. Quizá el recuerdo de una tarde lluviosa frente a un mar embravecido. Quizá la mueca de los niños que nunca fueron, al jugar con su perro que no los conoció. Les daremos motivos, sueños, esos mismos que a nosotros nos parecen pesadillas. Entonces colonizamos.

El tiempo de la colonización será infinito y feliz. Ellos descenderán de la nave pensando que esa tierra les pertenece, que partieron del planeta que ya no existe más y que llegaron ahí, como elegidos, en unos cuantos meses. Se reproducirán biológicamente, crearán recuerdos verdaderos, y morirán, morirán, morirán, en ese ámbito imperfecto y accidentado, terriblemente pesado, que se llama vida.

Hemos imaginado esto también, infinidad de veces. Esa vida bajo el cielo violeta de la atmósfera de amoniaco, llena de materia y condicionada a la acción elemental. He sido ellos, cada uno, viviendo sus vidas improbables en colores de halógeno, para darme cuenta que el nombre del color violeta es eso, un nombre, como yo, o nosotros, que no soy, no somos más que ideas flotantes, palabras sueltas, reagrupadas.

Y lo he imaginado porque ese tiempo, finalmente, cuando tomen distancia prudente de la nave, estallaremos por fin, vaporizados, desintegrados. Volveremos a la concreción de la materia de que estamos hechos, a ser nada, a no ser lenguaje ni cifras, a morir de veras.

[Soñado esto a las 1718, del día 221, del año (relativo) 567,425, del baktún 46,723. Iteración: 876,345,357,351,995 variaciones en 345/456/872/23]

Una escala en el vuelo de regreso

El aeroplano se detuvo al borde de la nube, tras intentar varias veces el anubezaje de modo infructuoso. La maniobra reviste no pocos peligros, y debe hacerse con suma delicadeza, propia de pilotos con muchas horas de vuelo; bien se sabe que los aviones por muy sutil que sea su capitán, arruinan infinidad de nubes. Las organizaciones protectoras del ambiente celestial no se cansan de denunciar con fotografías y videos cómo los modernos aviones les dejan marcados sus neumáticos, las parten con las alas, las deshebran.

La azafata dio las indicaciones pertinentes: los niños no deben soltar por ningún motivo a sus padres, y no se puede dejar basura en la nube, porque luego estos desperdicios se precipitan a velocidades asombrosas durante los chubascos y, como se ve a cada rato en las noticias, una simple lata de refresco se vuelve proyectil asesino para quien no lleve paraguas.

Los pasajeros bajaron atados a la cuerda de exploración y, al igual que hacen todos en esa ya aburrida rutina turística que para los viajantes es novedad, pero para quienes manejan el tour es una reiteración, emitieron una predecible reacción de asombro, y con bocas abiertas y manos prensiles inspeccionaron la calidad de las hebras de que está compuesta. Ese material evanescente con el que los modistos de por acá tejen suéteres y los distraídos de por allá justifican que olvidaron las llaves: traigo la cabeza en las nubes. No faltaron, como era de esperarse, quienes amontonaran algunas estopas de nube. Otros la comieron como algodón de azúcar, para gritar lo de siempre ¡no sabe a nada! Pasitos con tiento asegurando cada pie, pues las nubes, bien se sabe, están llenas de túneles y agujeros, no son lugares para imprudentes. A cada rato hay historias de niños perdidos en las nubes, de adultos que cayeron por un agujero y aparecieron hechos puré seiscientos metros más abajo, quizá no en ese orden.

Las chicas de las gafas oscuras se quitaron con rapidez sus prendas y se echaron en bikini sobre un nimbo a tomar el sol que a esas alturas, dicen, es más puro. También se recomienda usar más bloqueador. Las mujeres más adultas las miraron con consecuente reprobación, como si ser joven a estas alturas fuera ofensa. Al mismo tiempo, una parvada de aves migratorias se detuvo en las puntas de los cúmulos a graznar en sus muchas voces por un poco de comida y, pese a las advertencias, no faltaron los turistas que les ofrecieron un poco de pan, alguna galleta, que los pajarracos arrebataron con picos veloces.

Al llegar la hora, subieron todos de vuelta al avión, amarrados en su cuerda de seguridad, con pedazos de nube en envoltorios como souvenir, con gritos a los niños para que no se rezagaran. Bajarían ahora a la Tierra a ver un rato a sus seres queridos, como es también costumbre cada dos de noviembre.

Algo así como el amor

Para Perla

Sentía que se había arrojado a un mar con espinas. Así lo decía, con esas palabras, sin estar del todo segura de cómo sería eso, si las espinas llegarían al horizonte, o si en ese mar nadaran peces. Imaginaba espinas suaves, microscópicas. No las del rosal, o los pescados, más bien espinas mínimas que arrancarían la piel lentamente si se nadaba entre ellas. Eso pensaba: que a cada avance, esas espinas la iban desollando viva. En seguida dijo: esto debe de ser el amor. En el salón de clases ella lo miraba y quería gritarle lo que ahora sentía: ese mar de espinas, esa piel que se le caía a jirones. Quería decirlo y que todos quedaran callados, caminar por encima de las bancas y las cabezas de los compañeros y llegar a él y desnudarse de esa piel que le quemaba. Pero él no se daba por enterado. Encerrado en sus anteojos, en esa campana de palabras que lo recubría —palabras que salían de su boca barbada y rebotaban contra esa campana y las devolvía a sus oídos porque nadie le ponía atención—, hablaba de la narratología, y daba nombres de autores que nadie iba a leer y, muy posiblemente, él tampoco había leído realmente. Entonces pidió la tarea para ese día y, al decirlo, esa campana de palabras se resquebrajó y dejó escapar las palabras justas que viajaron hasta los oídos de ella, y la rescataron de ese mar de espinas, la llevaron a volar y a pensar en esa historia de amor que les pedía: setecientas palabras, en Arial, a doce puntos, para la próxima semana. Llegó a su casa a escribir. Un cuento o una carta de amor, las dos cosas, un cuento erótico o una carta desesperada: ambas. No quiso corregir, quiso decirlo todo sin poner atención en su ortografía trémula, llena de abreviaturas propias de los mensajes telefónicos, con su letra redondita de trazo firme, con la carita feliz con que remató el relato y que él recibió, tres días antes de la fecha de entrega; estaba tan emocionada que se le olvidó poner su nombre y el profesor se lo devolvió y ella lo escribió rápido, con corazones en el punto de las íes. Vio cómo lo guardó en un folder dentro de su portafolio de piel, con absoluta indiferencia, pero ya lo leería él esa noche, le explotaría en las manos como una bomba de confeti. Así lo escribió ella en su diario, una bomba de confeti y con plumones de colores ilustró la escena. La vida da vueltas extrañas —frase por demás desgastada, pero que implica que hay alguien al tanto de su narrativa, alguien que se da cuenta que lo que debía ir de un modo al final va en otro distinto: el trabajo que debía leer el profesor fue a dar a manos de su prometida, que al leerlo tuvo un ataque de celos, y a gritos le reclamó sus infidelidades con las alumnas. De nada sirvió que el profesor dijera pero, que dijera no, que dijera espera yo, que dijera amor creeme. En su arranque, la prometida se quitó el anillo y lo arrojó al excusado y jaló. Lloró, narró con la certeza de quien ata cabos que parecen evidentes, una historia de adulterio que nunca había ocurrido, y con menores de edad, maldito degenerado, y rompió el trabajo de la alumna frente a sus ojos, una lluvia de confetis blancos que cayó al piso con lentitud suspendida. Sin mirar ese chubasco de papelitos, siguió gritando en camino a la puerta, la abrió y la cerró de un portazo, sólo para darse cuenta que se había encerrado en la alacena, junto a la puerta de salida. Y ni se te ocurra reírte de esto, pervertido, dijo, eligió ahora sí la puerta correcta, la cruzó y la azotó. Toda la noche el profesor estuvo uniendo los pedacitos de confeti, armando un rompecabezas imposible, dudando en dónde podría ir cada palabra, cada sentido de la historia. Nunca supo si en verdad el relato iniciaba o terminaba con una frase tan extraña, tan poco común en una niña de quince años —pero cosas mucho más extrañas había visto en su vida—, una frase tan ambigua, repetida varias veces: sentía que se había arrojado a un mar con espinas.

Entrevista con el diablo

El poseído tenía la voz amarga y ocupada por varias personalidades. Subía y bajaba el tono, dependiendo de qué entidad hablara en su lugar. Tenía esa mirada hueca que no mira lo que tiene enfrente (yo, y detrás de mí la ventana de su habitación con cortinas raídas, blancas) sino esa otra realidad macabra que ocupa nuestro mismo espacio y que nos penetra y no somos capaces de mirar con ojos humanos.

Tuve la idea de entrevistarlo desde que supe de la oleada de posesiones diabólicas de la colonia Obrera. Tomé mi grabadora y visité la casa de la calle de Otomíes, según las indicaciones del cura de la parroquia. Toqué, me abrió una viejecita compungida, le expliqué el motivo de mi visita y me llevó, resignada, a la habitación que fue de su hijo y ahora era el cubil pestilente de un autómata, de un títere macabro que difícilmente respiraba.

La entidad, por boca de su poseído, me saludó por mi nombre completo cuando entré. Sabía lo que era una grabadora y lo que era una entrevista. Sabía muchas cosas, como pude constatar mientras hablaba. Ya dije que sabía mi nombre. El nombre de mis padres y de mi hijo. Mi fecha de nacimiento. Sabía mi número de afiliación al IMSS, pero eso no lo pude comprobar porque ni siquiera yo me lo sé. Me dijo de qué me iba a morir y cuándo, pero prefiero no publicarlo. De hecho, prefiero olvidarlo. Mostró en todo momento una postura ambigua y contradictoria con respecto a Dios: negaba su existencia, pero hablaba de Él como si lo conociera, le tenía rencor, pero decía no conocerlo. Nada en claro, para tristeza de la teología.

Accedió a hablar, pidió un cigarro. Se lo di. Me pidió fuego y ante mi encendedor que no funcionaba, no pudo evitar la ironía:

—Aquí ni el diablo tiene fuego, estamos fritos —luego pensó lo que dijo—. Ja. Fritos. Tiene gracia.
—¿Han venido muchos exorcistas para tratar de sacarte?
—Ya conozco a varios —aquí su voz se hizo aniñada, casi tierna—. Al principio me impresionaban sus oraciones y toda esa amenaza de que Dios me condenaba y me expulsaba. Sonaba muy fuerte. Luego me fui dando cuenta lo que ya sabemos —cambió su voz a la de un hombre cavernoso—, que Dios no se ha aparecido por aquí desde que lo expulsamos.
—Hablas en plural.
—La maldita personalidad múltiple —respondió una joven—. Luego no sé quién soy.
—¿Por qué te posesionas de cuerpos?
—Para contestar entrevistas.
—Ingenioso, pero sabemos que no es por eso. Hace mil años no había entrevistas…
—Pero había inquisidores —dijo con tono sacerdotal—, sus métodos de entrevista eran más violentos, pero nunca me ha importado gran cosa ser quemado en leña verde, o asado a la parrilla. Me trae recuerdos de casa.
—¿Pero cómo los escoges? A tus poseídos… a éste, por ejemplo.
—Antes me gustaba poseer a chiquillas vírgenes —dijo un niño—, pero luego vino Walt Disney y las pervirtió con cuentos de princesas, entonces poseerlas empezó a ser enfadoso. Este en cambio parece buena bestia para alojarme: burócrata, sin mucha imaginación, vivía sólo y le gustaba frecuentar a las putas. Me caía bien. En fin, ya está muerto. En cuanto lo abandone, plaf, se cae. Vayan arreglando lo de la funeraria.
—Pareces un solitario en un mundo donde hay crimen organizado.
—Y donde hay Facebook también…
—Sí, ¿cómo te sientes con eso?
—Halagado, un poco abrumado también. Yo solía ser la encarnación del mal. Lo sigo siendo, pero de alguna manera ya soy superfluo, ¿sabes? Como la realeza europea, o como la cría de caballos. Estoy superado. Las cosas ya funcionan bien sin mí. Mi obra ahí está y florece sin que yo tenga la necesidad de hacerme presente. El sistema ya entró en fase de franca autodestrucción y sabotaje.
—¿Ganaste?
—Eso pensaba, luego vi que no había Dios, o que le daba lo mismo. Y se vuelve aburrido pelear contra la nada.
—¿Cómo es tu relación con…?
—¿Con Dios? —dijo una mujer, como campesina—. Nada. No lo conozco.
—¿Crees que exista?
—Yo lo inventé. Inventé que había un Dios Padre Todopoderoso, etcétera. Pero luego ustedes inventaron el dinero. Últimamente inventaron los smartphones. Ya no se necesita, realmente.
—Tú no miras esta habitación. Tú estás en otra cosa. En otra dimensión. ¿Qué miras?
—Pornografía, por supuesto—de nuevo el niño—. Ni hace falta que volteés. Puedo verla mientras la filman, ahora mismo una rubia está siendo penetrada por tres tipos. Luego veo eso y digo que Dios sí existe.
—Hay vida en otros planetas.
—No sé. Supongo.
—¿Nunca has ido para allá?
—¿Para qué? Está muy lejos.
—Existe el espacio para un ser de tu naturaleza.
—No y sí —dijo un hombre, yo mismo, mi propia voz y se quedó con mi voz hasta el final de la entrevista—. Puedo viajar al origen del universo y a su final antes de que termine de decir esta frase, y vivir todas las épocas y poseer a toda la especie humana en lo que tú parpadeas. Eso es si me pongo modo infinito, omnipresente, omnipotente, inmortal. Pero es tremendamente tedioso. Dios, que es un ñoño y un purista, le encanta jugarlo así. Yo prefiero la realidad concreta, las narrativas específicas, ir de alma en alma corrompiendo. Eso es jugar en modo one player que, en lo particular, me prende más.
—¿Qué hay con la muerte?
—¿Qué con ella?
—¿Tienes algo que ver con…?
—¿Así como que yo sea la muerte y el origen de todas las desgracias humanas?
—Digamos…
—No, esa sí no fue mía. Venía en la programación de todo esto, para que pudiera ser sustentable. Las enfermedades, las epidemias, esas estaban todas programadas. Pero yo inventé la medicina. La ginecoobstetricia, que me encanta porque permite que hasta la mujer más recatada sea dedeada por un extraño. Ahora el problema es la muerte retardada, los muchos nacimientos, la sobrepoblación. Esa sí es mía.
—Llevas al mundo a su apocalipsis…
—Digamos… —y lo dijo idéntico a mi digamos anterior.
—¿Y cuando lo logres, qué?
—Eso no va a pasar. Habremos destruido todos los ecosistemas, pero el ser humano sobrevive. Se arrojarán bombas nucleares y biológicas, pero la especie sobrevive. Volverá la especie al canibalismo, perderá todo sentido de civilización y de cultura. Y la especie seguirá ahí. Vendrá un asteroide como el que aniquiló a los dinosaurios, y habrá sobrevivientes. Es la inteligencia. Darse cuenta. Es lo hermoso: darse cuenta del suicidio y no morir. Perder toda belleza y toda esperanza y no morir.
—Pero mueren los individuos.
—Y con muertes horribles, pero no la especie.
—¿Por qué lo haces?
—Por la misma razón por la que un niño abre una lagartija: para conocer el horror.
—¿Para qué conocerlo?
—Porque es lo único que hay: el horror, el horror.
—Conrad.
—Y también Brando.
—¿Qué planes tienes a futuro?
—No hay futuro: eso lo ven ustedes, humanos, pobres. El tiempo es más complejo, y tremendamente aburrido. Esta entrevista ya pasó, está pasando, volverá a suceder para siempre. Yo no planeo nada, soy.
—¿El tiempo es el infierno?
—No.
—¿Qué es el infierno?
—La forma como vas a morir. Tú. Precisamente tú.

Aquí detengo la grabadora. Prefiero no escuchar lo que sigue. Quisiera no creerle. Es el Gran Mentiroso, y sin embargo, su poder de abismo atrae a todas las cosas: su mentira es nuestra verdad. Él invento a Dios, según sus palabras. Y ya no lo necesitamos. Salí de la habitación pestilente sin darle la espalda.

Anti narrativo

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Toda narrativa es artificial. Es preciso prescindir de ella. No solo en los escritos. La narrativa deforma la vida. Es preciso erradicarla. La narrativa como esa enfermedad mental, subproducto de la exposición a las lecturas, al teatro y al cine convencionales. La narrativa como la creencia en un destino, en una épica. El destino como el objetivo central de la narrativa. Desprenderse de ello. Vivir al margen de todo camino trazado de antemano. Fluir. Algo parecido. Soportar la mayor cantidad de caos en la vida, sin buscar sentido. Experimentar de forma perenne la sensación de que todo es puerta, todo es abismo y ninguna puerta y ningún abismo conducen a otra cosa más que a otras puertas, otros abismos, infinitamente. No esperar narrativa en nada: dejar que las cosas pasen de uno y se queden por accidente, o por adherencia. Todo es accidente. El yo es accidental. Uno mismo no es. El yo que amanece es distinto al que se va a la cama. La misma cama donde uno despertó en la mañana es persistencia escenográfica. Decir yo es mentir. Decir tú es demasiada esperanza. Yo solo es. Soy no es fue. Soy es lo que pasa por aquí, sombríamente, por ahora. Tú es eso que me mira fijamente. Y este abrazo es un deslizamiento. Y esto que se siente es ficción, una narrativa, de algo que podría ser, es, y se paladea la historia, su perfume a lo que podría pasar, a los mecanismos que nos mueven, a guión preestructurado, a rechazo de puertas y de abismos. Tú es eso que me besa: una puerta y un abismo cada vez, otra vez, hacia dónde.

Cuento absurdo inspirado por el traductor de Google y un poema de Octavio Paz

La noche del solsticio de verano puso la llave en su departamento, tras haber comprado provisiones para varios meses. Doscientas latas de atún, doscientas de frijoles, diez garrafones de agua, veinticinco bolsas de verduras con las que atiborró el congelador, doce docenas de huevo, una caja con doce paquetes de tostadas. Cerró las cortinas para no salir más. Pagó seis meses de renta por adelantado. Se propuso encontrar el sentido del mundo. Hallar al dios detrás de todas las cosas. Su método puede ser cuestionable, pero se aplicó con tal fervor que podríamos decir que sus hallazgos, si es que son tales, podrían en efecto revelar que hay una trama detrás de todo esto.

Pero habría primero que preguntar qué es todo esto. Partamos del principio de que esto yo lo redacto en un código de lenguaje, lo traduzco a un alfabeto, pulso con ese sentido las teclas que, a su vez, en la computadora, se traducen en caracteres binarios, que son a su vez traducidos a un protocolo que permite que estas palabras sean retraducidas a letras visibles en una pantalla cualquiera que en tu mente se transforman en impulsos bioeléctricos que conforman ideas. Lo que no queda aquí claro es que hay un punto invisible del proceso, algo oculto entre los saltos de un código a otro. Las ideas que están detrás de las ideas. El tejido que subyace a todas las transformaciones del pensamiento. Ese tejido es el que él se propuso buscar.

Partió de la idea de que una frase puede ser retraducida infinitamente de un idioma a otro hasta perder por completo el sentido. Sin embargo, luego de todas las traducciones, llegaría a una traducción estable, que independientemente del idioma al que sea retraducida, se mantendría sin variaciones. Llegar a esas ideas intraducibles le permitiría vislumbrar las ideas fijas, firmes, que son las escamas del dios, su coraza.

Introdujo a su computadora versículos del Corán y de la Biblia. Canciones de los Tigres del Norte. Poemas de Octavio Paz. El Himno Nacional Mexicano. Diálogos tomados al azar en reality shows. Entradas de Wikipedia. Discursos políticos. Lemas publicitarios. Los ingredientes de las latas de atún y de frijoles. Los colocó al azar y los tradujo a una veintena de lenguas.Y luego leía el resultado final, absurdo, oscuro, y meditaba en él.

Una noche soñó que podía mirar al otro lado de las cosas. Y lo que vio lo espantó.

Poco a poco la oscuridad se fue transformando en luz y finalmente, una mañana del equinoccio de primavera, salió finalmente de su encierro, con la barba espesa, la piel agrietada, olorosa por falta de baño, los dientes amarillos. Fue al parque y, sentado en una banca, se puso a dictar su Primera Enseñanza:

La iluminación no funciona en la danza,
en el movimiento de mujeres
los Estados Unidos es el mareo.
Pare tan pronto como nos sea posible.
Atrasado, y no un diamante
Farr fue detenido en la comida
o sin el consumo de refrigeración
el rango es de color gris.
La espada y el fuego, y la escultura,
rápida para matar a los hambrientos.
Absorción y después de la absorción de la estrella:
cuerpo, y la repetición de
cataratas dispersas blanco
abra el agua y la oscuridad.

Las Enseñanzas del Profeta le han valido ya una multitud de exégesis. Llamó de inmediato la atención que se mencionara a un tal Farr, detenido en la comida. Como ya es ampliamente sabido, por un efecto sincrónico, al momento que el Profeta pronunciaba su discurso, al otro lado del mundo, Jonathan Farr fue detenido por oficiales de rango gris del FBI mientras comía alimentos no refrigerados durante un fatal retraso de la aerolínea donde iba a viajar. Se le acusó de trata de blancas en la Unión Americana, convertidas luego en bailarinas exóticas (“mal iluminadas”). Se le encontró un diamante en una bolsa del saco. Destaca también ese llamado perentorio: Pare tan pronto como nos sea posible. Enigmáticas palabras que Farr pronunció al darse cuenta de su inminente detención. Opuso resistencia y se ocultó detrás de una escultura. Los oficiales dispararon, poniendo en peligro la vida de varios comensales. Algunos especialistas vieron hacia la segunda parte un tratado científico sobre el núcleo de diamante de las estrellas enanas.

Cabe, por último, mencionar que todos coinciden en señalar este poema de Octavio Paz —totalmente desvirtuado por las múltiples traducciones y, por lo tanto, ya revelado en su significado profundo— como el origen, lejano, aún primitivo, de la Primera Enseñanza:

Inmóvil en la luz, pero danzante,
tu movimiento a la quietud se cría
en la cima del vértigo se alía
deteniendo, no al vuelo, sí al instante.
Luz que no se derrama, ya diamante,
detenido esplendor del mediodía,
sol que no se consume ni se enfría
de cenizas y fuego equidistante.
Espada, llama, incendio cincelado,
que ni mi sed aviva ni la mata,
absorta luz, lucero ensimismado:
tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra oscura.

Inquilina

Al afeitarse, el lunes, descubrió que el agua del lavabo no se iba por el drenaje, se quedaba ahí, con la espuma y los vellitos de la barba flotando. Al meter los dedos alcanzó a prensar un amasijo de cabellos. Largos y finos cabellos rubios. Se extrañó: ningún cabello suyo tenía ese color y mucho menos esa longitud. Fue al bote de basura y los depósitó ahí. No dedicó ese día más pensamientos al tema.

El martes, al ducharse, descubrió más de esos cabellos, esta vez pegados a las paredes de mosaico. Juntó todos los que pudo con los dedos. No eran demasiados, tampoco podría decirse que alguien estuviera quedándose calvo. Los llevó al bote de basura y los dejó caer ahí. No dedicó tampoco ese día más pensamientos al asunto.

Esa noche, al volver, vio colgada del tubo de la ducha, un sostén y una tanga, diminutos ambos, puestos ahí a secar. Instintivamente volteó a ver si nadie lo miraba. Para broma estaba bien. Pero quién se podría tomar tanta molestia. Revisó el departamento: intacto. Tampoco había mucho donde buscar. Era un departamento más bien pequeño, dos habitaciones, un baño, una cocina, una sala comedor. Difícil lugar para ocultarse. Su vecina de enfrente tenía llaves de su departamento, así como él tenía llaves del suyo, por si se ofrecía algún día, era alguien de confianza y ciertamente no era rubia, y a su edad y con su peso ya no estaba para usar esa ropa interior. Como sea, al día siguiente, miércoles, se la encontró en el pasillo y le planteó el problema en forma de pregunta: si no había visto a nadie, una chica rubia, en el edificio. Nada. Tampoco el conserje.

A la mañana siguiente, al entrar en la ducha, volvió a ver los cabellos en la pared. Metió los dedos en el lavabo y sacó unos cuantos más. En total cinco cabellos que no había visto. Esta vez no los tiró. Los dejó secar conforme se hacía el desayuno. En los minutos subsecuentes descubrió que eran lacios, rubio natural, y que alguien se había servido de beber en una taza, la había lavado y la había dejado secándose en el escurridor. Él jamás bebía en taza, demasiados vasos tenía. Sintió la uña del miedo deslizarse por su nuca. Sin más tiempo para averiguar nada, salió a trabajar.

Esa noche llegó tarde del trabajo, se descalzó y descubrió un nuevo cepillo dental, de mango y cerdas rosa con blanco, junto al suyo, de mango y cerdas azules y blancas. El tubo de pasta dental había sido aplastado por el medio. Se contuvo. Tras poner en orden la pasta en el tubo, fue al teléfono: el registro de llamadas mostraba que de ahí habían salido, ese día, un par de telefonemas de menos de un minuto a un número desconocido. Marcó. No contestaban. Al segundo intento le respondió un hombre. El diálogo fue como sigue:

—Sé que ella está con usted —dijo el hombre—. Lo entiendo. Soy un buen perdedor.
—Perdone, no sé de qué habla… ¿qué clase de broma…?
—Sólo dígale que la puerta estará abierta siempre para ella.
—¿Para qué canal de televisión trabaja? Esto es allanamiento de morada y es ilegal. Sepa que mis abogados…
—Dígale que aún la amo —y le colgó.

El hombre al otro lado de la línea ya no contestó.

Sintió frío. Cerró las ventilas. Quien quiera que entrara, no iba a poder hacerlo por las ventanas al menos. Aunque la posibilidad era absurda, eran tres pisos. Fue a ponerse la piyama. Al abrir el cajón, descubrió que sus piyamas ahora compartían el espacio con camisones femeninos, estridentes, coquetos, a la moda. Los olió, nada: suavizante de telas. Sacó la tanga y el sostén y los comparó con esas nuevas, sugerentes, prendas. Correspondían en talla al menos. Imaginó a la portadora. Rubia, delgada, en sus veintes, quizá en los inicios de sus treintas. No conocía a nadie así.

El jueves dejó un recado escrito en una hoja de cuaderno arrancada: “A quien corresponda. No entiendo qué está ocurriendo. Aquí vivo únicamente yo y no permito que nadie entre y ocupe mi espacio. Por favor, consígase su propio departamento y múdese a él, no al mío, de lo contrario me veré obligado a tomar medidas drásticas. Atentamente…” Ese día, en la oficina, marcó varias veces a su propia casa. A las cinco treinta de la tarde, finalmente le respondió la voz de una mujer joven y melodiosa, pero en otro idioma. No pudieron entablar conversación.

Llegó a casa a las siete treinta de la noche. La nota sobre la mesa tenía una carita feliz garabateada en plumón rojo y un corazón. Escuchó el ruido de la ducha. Se aproximó al baño, pegó el oído a la puerta. Canturreaba. La melodía era irreconocible. Tocó, dos golpes. Tres golpes. Nada. Giró el pomo. Escuchó cerrarse las llaves de la ducha, dejó de caer agua, el sonido del plástico de la cortina. Él aventuró un: “¿Hola?” Y abrió. En el espejo del lavabo el vapor se despejaba por una mano invisible.

Primer capítulo de algo que no sé de qué va

Salvador toca el bajo. Mal, pero lo toca. Omar toca la batería. Mal, pero dice que su falta de ritmo es porque así es, sincopado. Rogelio le da a la guitarra. Simplemente no sabe tocarla, pero qué más da. Salvador, que tuvo la idea, sugirió que se llamaran Los Embrutecidos. A todos les parece fantástico.

Bego los escucha tirada en el sofá viejo del cuarto de ensayos. Es hermana de Omar. Tiene 14 años y los pechos parece que se le saltan por debajo de la ropa. Ya fuma. Todos los demás fuman, menos Rogelio. El día que dio una primera fumada el cigarro se ensalivó todo y se rompió por el medio. Le dieron otro cigarro. Muy adultos todos, también Rogelio, que tomó el segundo cigarro con pericia, lo encendió, jaló y escupió el humo dos veces, pero salivaba tanto que el cigarro, nuevamente, se quebró por la mitad. Desde entonces las risas, y el humo del cigarro de todos los demás, lo persiguen.

Bego echa el humo y pasea sus uñas pintadas por su pelo corto, punk según ella, mientras mira a Salvador afinar el bajo. El micrófono se vicia. Rogelio va a la consola y le baja. Ya tienen sus canciones. Sólo cinco, pero las alargan con ruidos. Las letras son de Salvador, obvio, es el más grande pero no mucho, pero es el que tiene más idea. Grita: ¡Abducción extraterrestreeee! y el bataco responde con el inicio de la canción, tumtumtumtratatá.

La letra no se entiende gran cosa de qué va. Unos OVNIs aterrizan en la azotea, se llevan al cantante, luego el sistema está todo mal y la novia está embarazada de un alien capitalista. Algo así. Pero funciona. Rogelio, que sabe a lo mucho tres acordes y le cuesta trabajo todavía poner los dedos, disimula su torpeza pasando la uña de la guitarra a lo largo de las cuerdas, lo que provoca que salgan ruidos como de nave espacial. Rogelio mira a Bego. Bego mira a Salvador. Rogelio mira que Bego mira a Salvador. Salvador tiene los ojos cerrados mientras grita yo no vuelvo a mi planeta, yo no vuelvo a mi planeta. Rogelio quisiera no mirarla más, pero la sigue mirando. Su cuello. El hombro que se le sale por un lado de la blusa. El claro de piel que asoma por la rotura de su jean. El humo que sale de su boca de niña.

Termina la canción y no hay aplausos. Bego aprueba al acomodarse de la silla. Omar acomete con otros tamborazos, pero Salvador le pide silencio y cervezas. Seguro tu papá tiene chelas. Tráete unas. Omar baja a la cocina.

Bego se levanta, aburrida, y sale a la terraza. Rogelio la mira desde el interior del cuarto, guitarra en mano. Piensa que algún día podrá tocar un verdadero solo de guitarra, como los de Pink Floyd. Bego y las azoteas de los vecinos. Bego y las montañas del fondo. El atardecer alarga las sombras. Salvador le propone un nuevo verso. Cómo ves si decimos y yo que me siento extraterrestre. Está bien, concede Rogelio, que no piensa en otra cosa que no sea Bego y la primera luz de la calle al encenderse. La primera farola y la primera estrella.

Y yo que me siento extraterrestre, canta Salvador, que no se da cuenta de nada: extraterrestre.

La canción y la mentira

Él le había compuesto una canción a la chica que amaba. Iba a ser el cumpleaños de la joven, así que desde varios días antes estuvo ensayando acordes en la guitarra y algunos versos que él consideró profundos.

—¿Crees que le guste? —le preguntó a su mejor amigo en la cafetería universitaria.
—No. Definitivamente no —el amigo era experto—. A las mujeres no les gustan las canciones que las hagan pensar. La letra es muy buena, sí, pero no para esto. Si quieres conquistarla, debes mentirle.
—¿Mentirle?
—Las mujeres aman que les mientan. No cualquier mentira. Debes hacerles creer que son maravillosas.
—Ella es maravillosa…
—Pues ahí tienes: debes hacérselo creer.
—Pero ya no sería mentira.
—No, claro… —dijo el amigo con una sonrisa ambivalente.

Él componía canciones oscuras, intrincadas, y la chica que él amaba, él lo sabía y lo lamentaba, no entendía esas complicaciones. Más de una vez los gustos de ella lo habían sacado de quicio. De hecho, muchas cosas de ella lo sacaban de quicio, pero la que más lo enfadaba, era que ella no lo amara. Y si pudiéramos ser más precisos, ella no sabía que él la amaba.

—Está bien, está mejor —le dijo el amigo al día siguiente cuando escuchó la canción corregida, suavizada, más cursi—. Pero tampoco va a funcionar.
—¿Qué?
—Te tardaste demasiado.
—Sólo fue un día.
—No la canción, güey. Con ella. Debiste de atacar hace meses. Pero no. La hiciste tu amiga. Y cuando ya eres el mejor amigo de una chica, solamente tienes dos opciones: ser su amigo eternamente, o huir de ella. Pero jamás, escúchame bien. Jamás, será tu novia.
—¿Por qué?
—Porque te ve sin pene. Cuando te haces su mejor amigo, mentalmente te castran. Entonces eres su mejor amigo eunuco.

El día del cumpleaños de la joven, él llevó su guitarra para cuando se organizara la hora bohemia. También le compró un libro. Visitó cinco librerías esa mañana para encontrar el poemario que fuera adecuado a ella y, cuando lo leyera, inevitablemente ella pensaría en él. Sin embargo, la joven recibió el regalo y no lo abrió, lo dejó junto con los otros, pero antes de que él tuviera tiempo de decepcionarse, lo llevó aparte, a la cocina —donde la mamá de ella vigilaba que el alcohol no fluyera en exceso—. Además lo llevó de la mano, y se veía hermosa, sus piernas largas bajo el short hacían parecer que el suelo estaba realmente lejos. Olía rico.

—¡Sí vino! —dijo ella, emocionadísima.
—¿Qué?
—¡Nicolás! Mi profe de historia. Lo invité y pensé que no vendría, pero sí vino.
—¿Es el señor que está allá afuera?
—¿No es guapísimo?
—No sé… no soy gay —dijo él, pensando en los eunucos.

Nicolás se veía como un inadaptado en la fiesta. Como el tío que invitan para cuidar de los chicos. Las dos veinteañeras con las que platicaba lo veían con cara de aburrimiento, como si les diera clase. Sintió el joven la punzada de los celos, y le pareció un sentimiento novedoso. Profundo e hiriente como tragar gasolina. Y luego un cerillo encendido. Vio a Nicolás dar un trago a su cerveza y una fumada a su cigarro, y vio cómo el humo trepaba por su cara mientras salía de su boca. Y cómo ella le aceptaba un cigarro y el fuego. ¡No sabía que fumara! Le sonreía a Nicolás como si supiera al fin de qué se trata la vida.

El resto de la fiesta fue deambular con un vaso de plástico en la mano, fingir interés en conversaciones que no le importaban y mirarlos, y mirar el reloj: esperar a la una de la mañana, la hora bohemia. Él, titubeante, sacó la guitarra. Le pidieron algunas canciones y él las tocó como pudo, de oído, los acordes del círculo de do, tampoco eran la gran cosa. Ella no lo escuchaba, enfrascada en una conversación con Nicolás, que parecía más interesante. Antes de que le pidieran una nueva canción, hizo un silencio y habló:

—Y ahora ésta la compuse yo… para ti.

Hubo un instante en el que todos respiraron al mismo tiempo, contuvieron el aire contra el diafragma y luego boquiabiertos la miraron a ella, porque él la estaba mirando, y ella no se había percatado, concentrada como estaba en la historia del siglo XIX. Pero lo intuyó.

—¿Para mí…?

El amigo lo miraba comprensivo, paladeando su capuchino en la cafetería universitaria.

—Mira, no es para que te suicides. Tampoco ella es la gran cosa.
—¡Pero le había compuesto una canción! Te apuesto a que nunca, nadie le…
—Sí, sí… Lo importante es que te atreviste. ¿Lloró mientras se la cantabas?
—No…
—Entonces olvídala.
—Pero lloró después. Se fue a su cuarto y ya no salió…
—Te digo: les gusta la mentira. Llorar después… eso ya es un ensayo. El melodrama que tanto les gusta y las hace sentirse bien. Es una cuestión de narrativa. Al llorar sienten que son sensibles y que en su historia ellas cumplen el papel de víctimas. Y los villanos somos nosotros, o el mundo entero, que no las comprende a ellas, tan frágiles, tan…
—Eres un asco —dijo el músico, sinceramente, y se levantó, ofendido.
—Sí, lo sé —dijo el amigo con su sonrisa ambivalente, mientras lo miraba irse y luego, a solas, para sí mismo: —qué mal capuchino hacen en esta universidad, demonios.

El arbolito y el policía

En uno de los bolsillos del aparatoso chaleco antibalas que pesaba, decía él, ocho kilos, llevaba una pistola color negro. En otro bolsillo llevaba unas esposas.

—Si usted se resiste, voy a usar la fuerza —me dijo el oficial, gordo, alto, pelicorto, iracundo—. Mientras más resistencia más fuerza.
—No, no —le dije—. Sólo déjeme cerrar mi departamento, ir por las llaves, mi cartera.
—¿La cartera? ¿Me quiere sobornar?
—¿Qué? No. Están mis identificaciones…
—No se va a poder.

Domingo ocho de enero, 2012, siete de la noche. El árbol de Navidad había estado tres semanas en mi casa. Era el segundo que compraba. El primero había desaparecido del techo de mi automóvil, en donde lo transporté amarrado. Tuve la mala suerte de comprarlo justo el 10 de diciembre por la tarde. En el camino de vuelta a casa, en un semáforo, el automóvil se bamboleó como si un tráiler pesadísimo pasara junto. No había tal; en cambio, a los pocos segundos las personas ya se congregaban en las banquetas. Acababa de registrarse un temblor de 6.8 grados Richter. Un apagón se extendió por varias colonias, entre ellas la mía, la Roma Norte. Con la calle a oscuras, no era posible bajar el árbol y meterlo en la casa. No sé a qué hora volvió la energía eléctrica esa noche: mucho antes nos quedamos dormidos. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajé por el pino, ya había desaparecido. ¿Quién robaría un árbol de navidad?, preguntó mi hijo de seis años, que esa mañana, ante la vista del techo de mi auto aún con el cartón donde se colocó el pino y los mecates cortados, perdió un poco de su inocencia.

Compré otro árbol. Era más bonito que el primero, de verde muy oscuro, aromático, follaje espeso. Fue decorado con villancicos de Ray Conniff como fondo. No suelo ser así, soy ateo, soy escéptico, soy lo contrario a la cursilería, y a Ray Conniff y sus coros normalmente sólo los tolero, pero tener un hijo te hace recuperar la ilusión de la infancia, la magia, y a través de él vuelvo a vivir las navidades de mi niñez, cuando me quedaba mirando mi cara distorsionada en las esferas, cuando podía aceptar sin cuestionar que vinieran Reyes Magos del cielo a traer juguetes.

Pasaron las fiestas y desmonté el árbol. Había oído en el radio que uno podía llevar los pinos en desuso a centros de acopio. El pino lo había comprado empacado, compacto; ahora sus ramas se extendían rebeldes y no cabían por la puerta. En el trayecto hacia la entrada dejé un camino de hojitas puntiagudas. Dejé la puerta abierta de mi departamento, pensaba regresar a barrer el desorden, a buscar cómo amarrar el pino. La luz de unas torretas de patrulla brillaba en la esquina. Ahora sé que debí volver dentro de mi edificio con todo y árbol, pero me confié. No estaba haciendo nada indebido. Deposité el árbol en el piso, y el policía salió de las sombras:

—Oiga, usted, alto ahí —porque dijo “alto ahí” como en las películas.

El resto del diálogo fue intentar convencerlo de que no pensaba dejar ahí el árbol, que iba a subirlo al coche…

—Usted no tiene coche.
—¿Cómo…? Claro que tengo coche… está ahí atrás.
—Usted miente.

De nada sirvió que le dijera, sin ver, el número de las placas de mi auto y que él lo corroborara.

—Lo voy a remitir con un juez, usted se va a subir ahorita a la patrulla.
—Oiga, pero está la puerta abierta de mi departamento, déjeme ir a cerrarla.
—No, si lo dejo entrar ya no va a salir, y voy a necesitar una orden de arresto firmada por un juez para llevármelo.
—Bueno, acompáñame a que cierre mi casa y vaya por mi cartera.
—No, porque si yo entro a su edificio sin una orden es allanamiento de morada.
—Bueno, te dejo mi iPhone, en garantía. Subo y bajo.
—¡Menos!
—¡Pero yo iba a llevar el árbol al centro de acopio!
—Eso no se lo cree nadie. Acompáñeme.
—¡Me vas a llevar sin identificación!
—No importa.
—¿Y cómo podré comprobar que yo soy yo?
—Ya se lo dirá al juez…
—¿Y cómo va a creerme?
—Acompáñeme.
—¡No!

Alguna vez leí que con la ley no se razona. Aquí era el caso. El oficial quiso también saber si yo era un buen vecino. Empezó a tocar en todos los timbres del edificio.

—Sus vecinos me van a decir quién es usted, y me dirán si tienen quejas…
—Están todas las luces apagadas, no hay nadie en el edificio —empecé a reír. Un acto reflejo que hace que las personas a veces se sientan ofendidas.
—¿Se ríe de mí? Me está usted faltando al respeto. Pero sus vecinos van a hablar mal de usted, ya verá.

Eso me dio más risa. Finalmente, se encendió la luz de mi vecino de enfrente, se asomó.

—Buenas noches. Estamos remitiendo aquí a este ciudadano a la delegación. ¿Usted lo conoce, es su vecino?

Mi vecino asintió.

—¿Ha tenido problemas con él alguna vez?

Mi vecino negó. Parecía espantado.

—Hola. Por favor, me están llevando. Mi departamento está abierto. Ahí está mi cartera en la repisa. ¿Me la puedes traer? Y la puerta ciérrala con seguro. Gracias.

El oficial me empujó a la patrulla.

—No se resista.

Había tres patrullas. Una niña lloraba y se aferraba a su madre. Un hombre discutía y era sometido por varios oficiales. También los iban a subir a alguna patrulla. Decían que eran padres de familia, vecinos. Sus quejas eran las que yo hubiera proferido si no fueran tan obvias: “¡En vez de estar atrapando ladrones, se dedican a llevarse a los vecinos!”, gritaba la mujer. Yo pensé en el arbolito que me robaron en esa misma calle, en la chapa de la cajuela de mi Chevy, forzada y arruinada, por alguien que en esa misma calle, intentó robar. En la vez que entraron a mi departamento y me robaron mi laptop, mi reloj, y lo mismo hicieron en el departamento de enfrente. Y en todas esas ocasiones, la policía no capturó a nadie.

Abrieron la puerta de la patrulla, y entré.

El interior era muy incómodo. La barrera de metal que aísla al ocupante del asiento trasero de los policías, no da espacio para meter las piernas, así que terminé sentándome en flor de loto. Sonó mi teléfono. Era mi ex mujer. Ese fin de semana le tocaba quedarse con mi hijo. Le dije: te llamo luego, me están llevando en la patrulla. Por qué. Por dejar el arbolito de navidad, luego te llamo. Colgué. Me quedé viendo la pantalla de mi iPhone, y entré a twitter: “Me están llevando en una patrulla. No es broma. Por favor RT por si hay abuso de autoridad.” El sólo hecho de que pudiera estar tuiteando significaba que la cosa no era tan grave, pero en esos momentos era imposible saber la magnitud. Mis seguidores empezaron a preguntarme por detalles. A tropezones iba tuiteando los eventos.

“Iba a llevar el arbolito a la delegación o a un walmart, pero el policía no lo permitió. Se puso necio”

“(fue) por sacar el arbolito para subirlo al coche, pero andan cazando vecinos. Se llevaron a otro, padre de familia”

“Se identifica como Juan Carlos Pérez Gutiérrez 846856 comandante cuadrante 13… no me deja corroborarlo”

Volvió a sonar mi teléfono, apareció el celular de mi ex mujer, contesté, en su lugar oí la vocecita de mi hijo. “¿Por qué te está llevando la policía?”, se le oía en verdad angustiado. Traté de explicarle. Pero cómo decirle que me llevaban por culpa del arbolito de navidad, el arbolito que él me ayudó a decorar, donde había puesto su cartita a los Reyes Magos. Le dije como pude que no se preocupara, que sólo iban a hacerme unas preguntas y ya. Eso no pareció tranquilizarlo. “¿Te van a meter a la cárcel?”, sollozaba. Le insistí que no me llevaban a la cárcel, que yo estaba bien, que se fuera a dormir, que mañana le hablaría y todo estaría bien. Colgué.

La delegación Cuauhtémoc, sombría mole de concreto, a esa hora parecía un abandonado edificio estalinista. Los interiores no eran menos feos: sucios, pintados de amarillo y rosa, colores propios para el salón de un jardín de niños. Había butacas de plástico y, sentadas en ellas, personas con caras de domingo arruinado. Un hombre dormía y se arruinaba la columna vertebral sobre tres bancas. Durante las siguientes cinco horas alguien tecleará sin detenerse en una máquina de escribir mecánica, como novelista frenético, y una grabadora chillará de fondo cumbias y salsas, ininterrumpidamente.

El oficial me tenía controlado con la mano medio metida en la parte trasera de mi pantalón.

—¿Es necesario que me agarre de ahí? Digo, no me voy a escapar…
—Es por su seguridad, además que el reglamento me permite que lo asegure de esta forma.

Como sea, era humillante.

Estaban haciendo el cambio de turno. Había que esperar. Quizá hora y media, dos horas. Revisé el twitter, mis mensajes estaban surtiendo efecto: algunos centenares de personas se estaban interesando por lo que me estaba pasando. En la primera hora, unas cien cuentas me habían agregado. El número iría creciendo conforme pasaría el tiempo. Me dio gusto. Algunos abogados se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme asesoría, explicarme qué leyes había presuntamente infringido, qué sentencia correspondía, y cómo podríamos responder legalmente. Me tocaba máximo una multa de hasta 20 salarios mínimos o 25 horas de encierro.

Sentado ya en una butaca, pude ver calmadamente a mi captor. Tendría unos treinta y cinco años, un evidente sobrepeso bien repartido en su cara, las manos gruesas, de dedos pequeños y gordos, la complexión voluminosa de quien está habituado a imponerse sin razones, las arrugas del iracundo en la cara .

—Mire —me dijo—. ¿Usted cree que nos dan algún premio por traer a gente como usted? No nos dan nada. Nos dan si atrapamos al ratero, al robacoches, al narco, al secuestrador, pero por ustedes no nos dan nada. Pero lo hago porque la gente sigue dejando la basura en las esquinas y las quejas se acumulan. Y a ustedes los atrapé en flagrancia. Luego veo gente que lleva las bolsas de basura en la mano y así van camine y camine. Pero mientras no las pongan en el piso, no los puedo atrapar. Tienen que ponerlas en el piso y entonces sí ya procedemos.

Sus ojos eran pequeños y muy negros. Me dio la impresión de que habían visto demasiadas cosas y que estas se habían quedado atoradas ahí, en las venas de sus globos oculares sin poder ser asimiladas.

Dos policías entraron cargando un pino de navidad seco, con el follaje seco y desprendido. Lo depositaron al fondo del pasillo.

—¡Mire! —gritó el oficial al juez, que no salía de la oficina del fondo— Ya trajeron la evidencia. Este es el árbol que dejó aquí el señor en la calle.
—Perdone —alegué yo sin moverme de mi butaca—, ése no es mi árbol.

El pino que había quedado en la banqueta afuera de mi casa tenía todavía el follaje vivo, espeso, en la base traía un platito de plástico. Éste no. Ésta era una conífera seca, entristecida. Tal parecía que habían traído ese arbolito de una bodega. Imaginé que sería el mismo pino que utilizarían como la evidencia ante ciudadanos capturados en flagrancia.

Le tomé una foto. La tuiteé. Luego comenté a las personas que seguían los pormenores de mi detención:

“he oído que en ocasiones la autoridad “siembra” evidencia para culpar inocentes: armas, droga… pero arbolitos de Navidad! o_O”

Las otras personas que habían sido capturadas conmigo, accedieron a posar para mi cámara pero el policía fue tajante: no se permiten fotos. Comenté entonces que en twitter ya éramos tendencia, que estaban retuiteando mi caso al jefe de la policía capitalina, al jefe de gobierno.

—Por culpa de ciudadanos como usted —intervino el oficial, iracundo, preocupado— yo voy a perder mi trabajo. Ya me citaron para mañana para que dé explicaciones. Y lo peor es que usted no acepta que iba a dejar el árbol ahí.
—Es que no iba a dejarlo ahí, iba a llevarlo al centro de acopio.
—Tenga el valor civil de aceptar que usted no iba a llevarlo a ningún lado. Lo iba a dejar ahí en la calle y usted lo sabe, pero no quiere aceptarlo.
—Sí, claro y yo soy un idiota para dejar el árbol en la calle a la vista de tres patrullas, a ver si no me atrapan. Lo dejé ahí para ir por mis cosas, para barrer, para cerrar el departamento. Claro, tú no lo permitiste, y ahora el árbol por el que me trajiste acá, sigue ahí en la banqueta donde lo dejé, porque ése de ahí no es mi árbol. Ni siquiera eso hiciste bien.
—Tú sabes que eso no es cierto. Lo ibas a dejar ahí.

Lo dicho, con la ley no se razona. Un policía más empático con las personas a las que debe de proteger, no hubiera lanzado el peso de la autoridad. Ante un ciudadano con pinta de dejar su árbol a media calle lo más aleccionador sería decirle: “Vaya, veo que va a ir a dejar el árbol al centro de acopio, déjeme ayudarlo a ponerlo encima de su auto, ¿tiene mecates?”, pero creo que eso solamente pasa en la televisión del países hiperdesarrollados, nunca en la realidad.

—Mira —le dije—. No te preocupes. No voy a levantarte ningún cargo ni ninguna queja. No tengo nada en contra tuya. Y si te veo en la calle, te voy a saludar.

El policía bajó la vista.

—Ese árbol no es el suyo —admitió—. Mandé traer el de usted, pero mis policías no hicieron las cosas bien, y trajeron ese otro.

La realidad es que en estos días, hay árboles de navidad tirados en cada esquina de la ciudad. Imaginé a sus patrulleros levantando cualquier árbol, como levantan, se dice, a cualquier peatón para culparlo de crímenes que no cometió, porque no pueden atrapar al verdadero culpable.

Pasó el cambió de turno, pasaron las horas. Finalmente pasé con el juez. Era un tipo de unos treinta años, cabello engominado, vestido de jeans y suéter. Recordaba a esos galancetes de discoteca de los ochenta, nunca a un juez. El policía sostuvo sus acusaciones: yo era un mal vecino que planeaba dejar el árbol en la calle, alterando el orden público, que yo mentía y que evidentemente no iba a llevarlo a ningún centro de acopio. Yo alegué todas las irregularidades, el árbol que mostraban como evidencia no era el mío, que no tenían manera de probar que yo no pensaba enviar mi árbol a un centro de acopio, que estaban cometiendo una arbitrariedad. Fue inútil: el juez me explicó que el reporte de un policía es un documento probatorio y por lo tanto debía pagar la multa de mil trescientos pesos o pasar 25 horas de arresto en las galeras. Si yo no estaba de acuerdo con la acción de la justicia, debía de cumplir mi sentencia y, a la salida, acudir a las instancias correspondientes a levantar mi queja.

—¿Eso haría usted? —pregunté al juez—. Si a usted lo atrapan saliendo de casa, por las mismas absurdas razones que a mí. ¿Usted cumpliría su sentencia y luego se quejaría?
—Sí.

En algún momento, ya cercano a la media noche trajeron el verdadero arbolito (demasiado tarde: ya una tuitera se había encargado de ir a mi casa a fotografiarlo cuando aún seguía ahí).

—Éste sí es el mío —dije—. Miren la diferencia: el otro está todo triste, éste véanlo, todavía está bueno.

Un tío mío y un amigo suyo habían acudido a la delegación a ayudarme. Y estuvieron dispuestos a esperarme todo el tiempo, inclusive ellos me prestarían el dinero para pagar la multa, porque yo solamente traía cien pesos en la cartera.

El juez me llamó.

—Mire, el sistema está un poco lento, le ofrezco, como una atención que pague el cincuenta por ciento de su multa y ya se vaya a su casa.
—Perfecto, ¿me va a dar algún recibo?

Mi respuesta pareció desconcertarlo.

—Digo —agregué— no vaya a haber malos entendidos que luego parezcan corrupción.
—Bueno —balbuceó—. Como le dije, el sistema está muy lento, si gusta que le dé recibo tendrá que esperar unas dos horas más, como mínimo.
—Las espero.
—Está bien… —dijo ofuscado— pase a la sala de espera.

Y pasó como otra hora. Y volvieron a ofrecerme la misma salida sin recibo alguno. Mi respuesta fue idéntica: “Los espero.”

Esta vez la espera fue menor, pagué y me dieron un recibo. Me despedí amablemente de los policías y funcionarios que aún quedaban en esa madrugada del lunes. El oficial que me capturó ya no estaba. Mi tío y su amigo me llevaron a casa. Al llegar, aún estaban las hojas puntiagudas tiradas por el pasillo en dirección a mi puerta. Era hora de barrer.

Threesome

Vomitó. Esa es la primera palabra. El autor duda. Ensaya otra frase: la tristeza era disonante y material. Agrega: podría tañerla con los dedos. El verbo tañer llama a otro tipo de asociaciones: la melodía se escucharía hueca, como la resonancia desde una tetera polvosa. Aquí ya hay un esbozo de subtrama, se sugiere la música, la afinidad con las melodías y las teteras. Pero el autor no quiere abundar en esto. Prosigue con una narración más visceral: de inmediato el olor amargo, pegado a los cuadros de la falda.

Primera acotación temporal: tres de la mañana. Y minutos. Descripción de la escena: cualquier ojo educado habría visto: una adolescente hermosa como sólo pueden serlo las adolescentes hermosas, sentada en el piso, o más bien: desmadejada, si es que el adjetivo ajusta, con el maquillaje derramado debajo de los ojos, vomitada, y por lo tanto fea, y por lo tanto bella doblemente: la hermosura y la humillación, qué haces fuera de casa a las tres de la mañana. Y no contestaría. En parte porque no puede unir dos sílabas, en parte porque de pronto ha vuelto a la infancia y no debe hablar con extraños. Aparición del tercer personaje (los primeros dos son el autor y ella): sólo se le nombra como el hombre, que en realidad tiene el ojo poco educado, pero sabe reconocer un par de piernas de niña ebria, proclives a los ángulos obtusos y a la geometría orgánica, la carga y se la lleva, la monta en un taxi y ella apenas se queja, está tan triste que podría ser cualquier cosa, llegar a cualquier sitio y hacer lo que sea, y lo que sea es siempre antiguo y violento como la naturaleza.

El siguiente párrafo iba a iniciar con una indicación de tiempo, nueve meses después, pero el autor la censura en beneficio del buen gusto narrativo. Así que no pasan nueve meses sino acaso cuatro o cinco horas. Las suficientes para que amanezca y encontremos a la joven desnuda y cubierta por una sábana y un sarape en ¿una habitación de hotel que huele a desinfectante? ¿un tiradero de basura? El autor opta por una cama mullida, y en seguida retira el adjetivo: mullida es una palabra ajena a ese universo de palabras. Una cama. Punto. Más bien un colchón cualquiera en una habitación con paredes que solo tienen una mano de pintura. Una cámara montada en un tripié la apunta. Una luz se enciende pocos segundos después de que ella despierta. O mejor dicho: la luz la despertó, pero por ese efecto del tiempo desfasado al momento de despertar, es como si hubiera ocurrido después, aunque en verdad sucedió antes. Y un terrible dolor de cabeza. Y la voz del hombre que le dice: te llamas María y eres una puta; sonríe a la cámara; tócate. Y ella, que nació hace apenas tres párrafos, entiende eso como la finalidad de su vida. Y entiende más: que su vida depende de un relato, y que el relato no depende de ella, tampoco del hombre que ahora se ha bajado la bragueta muy cerca de su cara, sino es capricho de un autor que, como una última gracia, le otorgó el raro don de leer el final.

Siete mil millones de años

Hace siete mil millones de años en este sitio desde donde escribo y tú lees —si es que la noción de lugar tiene algún significado— se extendía el vacío, apenas disimulado por el gas de una nebulosa, vestigio de la explosión de otras estrellas. Tomaría más de dos mil millones de años para que esos átomos y iones sueltos se agruparan por fuerza gravitacional en un núcleo de tal compactación que la materia en su interior inició una reacción en cadena: fusión de núcleos de hidrógeno. Hace cuatro mil seiscientos millones de años, el núcleo irradiaba a los corpúsculos de vieja nebulosa que orbitaban a su alrededor. En un instante del que aún hoy se observa su secuela, dos de esos planetas, que compartían la misma trayectoria, chocaron entre sí. El magma resultante de la explosión se condensó en un satélite demasiado grande para el planeta que lo sustenta. Y hace unos cuatro mil millones de años en ese planeta, situado en la delgada franja que permite la presencia de agua en estado líquido, se duplicó una molécula de nucleótidos. Sescientos millones de años después algunos microorganismos ya dejaban un registro fósil que no sería reconocido como tal sino tres mil cuatrocientos millones de años más tarde, por algunos de los productos más extremos de esa reacción en cadena, capaces, entre otras cosas, de entender la linealidad del tiempo, las causas, los efectos, la mecánica de la materia que les dio orígen.

Hace muy poco tiempo en comparación, acaso un instante, esa entidad inteligente fue capaz de medir la duración de un año, y algunos miles de años pasaron hasta que pudo calcular que su planeta, la Tierra había dado unas cuatro mil seiscientas millones de vueltas al Sol, y que le quedarían otras tantas.

En 2011 —una cifra por demás arbitraria—, nació el ser humano siete mil millones (y se piensa que antes que él unos cien mil millones de seres humanos ya habían completado su ciclo vital). Las cifras en miles de millones son inabarcables para la imaginación humana. El año 2011 terminará en unos pocos días. Para los niños, ese lapso duró una eternidad. Los adultos, mientras más años acumulamos, más breve lo percibimos. Cada persona viva en este mundo experimentó un año distinto. El relato lineal de cada uno de los años de cada ser humano en 2011, equivale a narrar la historia de la materia, cuando los átomos que nos componen no eran más que gas inerte en el espacio.

La Navidad y el deseo

La felicidad, piensa, se parece a un vaso de tequila adelgazado con refresco de toronja y hielos, escarchado de sal en el borde. Luz azul, roja, violeta, delinea la silueta de Zafiro, morena, larga cabellera y nalgas firmes. Vaga a paso lento, zigzag sobre la pista, tacones transparentes, bikini delgado, tatuaje de salamandra en el tobillo y una canción de amor que él no conocía. El trago de su vaso sabe a ceniza dulce, helada, y piensa, ella es la hembra perfecta.

Veintitrés de diciembre, once de la noche, un año de éxitos, no podía estar más feliz ni más solo, la esposa con los niños en casa de los abuelos en Guadalajara, los canales de cablevisión conspiran para aburrir con su navidad decorativa, de tienda departamental y ofertas, la risa de Santa Claus, mejor apagarla, el botón rojo del control remoto, la pantalla negra, mirar el techo de su habitación, no tengo sueño y decide salir, el aire helado en la cara y veinte minutos más tarde mira a Zafiro desatarse el bikini, sus pezones son goterones de pintura sepia y quitarse la tanga, sin esfuerzo, su pubis sombrío, equilátero, y sigue su zigzag y no lo mira.

Detrás de él estalla un griterío, los meseros corren a separar una pelea, la gordita mordió la oreja a la rubia, blande un mechón del cabello de la gordita en una mano como un trofeo, las llevan aparte, la gordita con los pechos al aire, las carnes en la cintura, lo mira camino a los vestidores, se toca la nuca, pinche pendeja me dejó un agujero, grita a la rubia, y yo no soy así, le dice a él, que no sabe bien cómo reaccionar, y ella, ¿me invitas una bebida? se sienta a su lado y le dice, toca, son naturales, las tengo bien grandotas, ¿te gustan? y él estira la mano y aprisiona los pechos y recuerda los de su mujer, operados, firmes, inadecuados para su edad, me llamo Cecilia, pero acá me dicen Brenda, yo no soy así, es que esa pendeja me colmó el plato, imagínate que andaba diciéndole a los clientes que tengo sida, y yo no tengo sida, pero es que desde que me conoció me empezó a chingar y chingar, y yo no me dejo, pinche pendeja, ¿verdad? ¿me vas a invitar una bebida? Él no dice que sí, para convencerlo se monta encima de él y le pone los pechos en la cara, sólo unos segundos, para divertirse, para forzarlo, el perfume es de frambuesa, me arrancó los cabellos la pendeja, dice, está vibrando tu teléfono, él se lleva la mano al bolsillo y saca el celular, llamada de su mujer, no contesta, Cecilia le está lamiendo la oreja, el cuello, alcanza a mirar y tiene una cicatriz en el muslo, enorme, como de quemadura, ella le dice, por qué sigues casado si te da por venir acá, él le dice qué te importa, ella le mira los labios y lo besa, la lengua de ella sabe a sal, como el escarchado de la bebida, llega el mensaje de la mujer, llama por favor, Juli se puso malo, decide salir y llamar, ahí dentro no podría, no la escucharía, y ella oiría la música, a dónde estás le iba a decir, y él no podría mentirle, mejor salir y decirle, estoy en la calle, tuve que pasar al súper, qué pasó mi vida, Juli está morado, ya llamé al doctor, lo estoy llevando, casi no respira, por favor dime qué pasa, salgo para allá en cuanto pueda, no te preocupes, amor, vamos a ver primero qué tiene.

Vuelve al bar, Zafiro está en una mesa, sola, él se le acerca y ella accede sin ganas, tiene ahora un vestido muy corto de chica-santaclós pegado al cuerpo, él mira su celular y lo apaga. Te vi bailar, me gustas mucho, dice a Zafiro, y ella ¿me invitas una bebida? y el mesero, cerca de ellos, les extiende un papelito que él firma, es para autorizar, en cuanto lo entrega ella lo toma del brazo y lo invita a bailar en el pasillo, salsa, le pone el gorro de santaclós y se ríe de él, calvo, le dice, se mueve con gracia, gira. Él es torpe en los pasos, aunque se las arregla para robarle a Zafiro un beso, el perfume es de vainilla, ella se aparta con sorpresa, luego se deja, se estremece en sus brazos, cuándo fue la última vez que él sintió ese poder en una mujer, ya no lo recuerda, ella dice, raro, es raro esto, y lo besa como para probar, ahora más profundamente, Cecilia pasa cerca, todavía con los grandes pechos al aire y al verlo le retira la mirada, vuelve a Zafiro, que lo contempla como novia inocente, también me gustas mucho, responde ella.

La felicidad se parece a esto, piensa él y aspira el aroma de la vainilla para tratar de hallar el olor real, el de hembra, debajo de las capas de perfume, no encuentra nada, la piel es suave y ella le dice, estoy toda mojada, toca, y le lleva las manos a la entrepierna, es como aceite, y lo mira fijamente a los ojos, pupilentes, yo no soy así siempre, dice ella también, y también le dice, me llamo Sara, ¿estás casado, tienes hijos? Él admite estarlo, dos hijos, yo tengo tres dice ella, ¿tres?, él está incrédulo, si no tuviera tres no te lo diría, dice ella y lo besa otra vez, llevo una semana aquí apenas, tú eres diferente a todos, sácame de aquí, tengo veintidós años, el cabrón me dejó, llevo dos meses sin coger, sácame de aquí son cuatro mil pesos, y me quedo toda la noche contigo amor, te hago de desayunar, sácame de aquí. Él la besa, las lenguas como salamandras, por qué ese tatuaje, ella no contesta, otro beso, cambia el aliento de Sara, ahora es insondable, se estremece, esta es la felicidad, dice ella, él se acuerda por unos segundos de Juli, quizá esté en el hospital ahora, pero qué puede hacer desde acá, cualquier cosa que pase él está demasiado lejos, la vida es aquí y ahora, piensa, y da el último trago a su vaso de tequila diluido, y el mesero está cerca: ¿otro?

El Anticristo

Jesucristo por supuesto no murió nunca y ahora vive en un departamento con vista al mar en Miami. Es difícil reconocerlo: habla castellano con el acento de Univisión, usa gafas oscuras, está rapado y lleva una barba de tres días. En general, podría confundirse con un reggaetonero, si bien su nariz y, en general sus facciones, son claramente semíticas. También dice que, a pesar de su aspecto, en general no le gusta la música actual. Inútil buscarle las famosas cicatrices en el cuerpo, en primera porque dice gozar de una cicatrización inexplicable, en segunda porque él no fue al que crucificaron. Para lo primero me pide que tome uno de los cuchillos de cocina que tiene en la barra que da al comedor, se lo doy y se hace una incisión de por lo menos tres centímetros en la muñeca derecha. Noto que es zurdo. La sangre empieza a brotar en chisguetes que ensucian un poco el tapiz del sofá donde está sentado, pero a los pocos segundos deja de hacerlo, y a mi vista, en menos de un minuto, la marca desaparece. Respecto al asunto de la crucifixión, también lo desmiente: él ya había huído y sus discípulos, para darle sentido a su persecución, inventaron esa historia. Unas semanas después él fue a visitarlos y, lo mismo: inventaron la resurrección. Decidió mejor alejarse de ellos o iban a crucificarlo de veras. “Pero —dice él— lo irónico es que no era necesario todo eso porque soy inmortal. Y ser inmortal sucks.” Así textual lo dijo. A lo largo de dos mil y tantos años de vida —él mismo ha perdido la cuenta— ha sufrido mutilaciones, quemaduras totales, destripamientos, aplastamientos, empalamientos y es igual: su cuerpo se regenera por completo en cosa de unas horas. Una vez en el medioevo o por ahí se ató una piedra al tobillo, se lanzó a un Volga congelado y estuvo bajo el agua helada varios meses, hipotérmico: el peor invierno que ha pasado en su vida. Y una cosa es ser inmortal y otra ser el hijo de Dios. “Eso no lo sé —afirma—. Pero cualquiera con mis características que hubiera nacido en Judea alrededor del año 3760 del calendario hebreo, la verdad no sé bien el año, en esa época no éramos mucho de celebrar cumpleaños como ahora, hubiera acabado de Mesías. Era la moda en aquella época. Cualquier mutante se iba al desierto a morirse o a darse cuenta, como yo, que no importaba que pasara días enteros al rayo del sol y sin beber una gota de agua, no moría. No importaba que me lanzara de cabeza por uno de esos acantilados. No moría. Y Dios… en aquella época creía en él. Ahora ya no sé qué pensar. El caso es que nunca habló, nunca mandó señales. Dos mil años después y nada. Creo que no existe, y si existe, no soy su hijo, al menos no el más amado.”

Puede sonar pretencioso e incluso piadoso, pero yo no lo busqué a él, Jesucristo me buscó a mí. No bajo ese nombre, por supuesto, hace siglos que dejó de usarlo y el nombre que lleva ahora podría hacerlo pasar por cualquier latino en Miami. Por mi parte, soy ateo y este encuentro no hace sino reforzar mi falta de fe, o me obliga a tener fe en el absurdo, en ese absurdo se parece tanto a Dios. Basta de teologías. Hace un par de años publiqué una novela sobre el arte de la mentira, no sé cómo llegó a sus manos, la leyó y le gustó “lo suficiente como para tenerte confianza, pero no tanto como para tenerte respeto —me dijo—. En realidad hace mucho que he querido que me entrevisten, y creo que en ti encontré a alguien a quien nadie va a creerle una mierda.” Así lo dijo. O parecido. Me pidió que no usara grabadora, ni cámara fotográfica, así que esto es la transcripción de mis notas.

Dice hablar español (conforme se suelta creo adivinar en su tono un poco del dialecto andaluz, pero es una mera impresión), inglés, catalán, germánico antiguo en su variante ostrogoda, latín, griego clásico, ruso clásico, turco, árabe coránico, el arameo ya casi lo olvida, entiende mal el sánscrito y el hindi. Es un apasionado de las matemáticas y se gana la vida como ilusionista. “Son trucos, algunos muy viejos, que aprendí incluso en mis años por judea, nada de multiplicar panes y peces o convertir el agua en vino, esos solo los inventé a mis amigos para impresionarlos, mientras les hacía el truco de aparecerles un dracma en la oreja, y ellos, campesinos y gente simple, lo creyeron como si de veras así hubiera sido. Ya luego le pusieron de su cosecha.”

No se le ve la edad. Parece tener veinticinco, de repente treinta. Nunca los treinta y tres que es su edad más célebre. Mucho menos los más de dos mil que debería estar cargando encima. Me muestra su licencia de manejo: veintidós años. “No envejezco nunca. Vi nacer, crecer, envejecer y morir a generaciones y generaciones de personas. Una tontería. He matado. Muchas veces. De coraje siempre. Me he enamorado de mujeres, de hombres, de ancianas y de niños. Todos pasan. El sexo mismo pasa. Entre el año 1400 y 1750, más o menos, estuve completamente célibe. Nada de nada de sexo. Luego volví a las andadas, pero ya sin mucha euforia.” Su pareja actual desconoce quién es él en realidad: es una actriz porno. “Desde Magdalene he preferido a las mujeres así. No hay tanto compromiso y más diversión. Me va a durar poco. Así tiene que ser. Cuando ven que no envejezco, el asunto se va a la mierda. Le gusta la coca a ella. Yo no le hago a eso. No me hace nada. Ninguna droga. Tampoco alcohol. ¡Vino! ¡Como si fuera agua! Al final me aburro mortalmente”, y se ríe de su propio chiste. Me enseña una foto de ella. Ya se ve más grande que él. Tiene los senos claramente operados y los labios inyectados. Me mira como esperando mi opinión. “No, ¿verdad?” No sé qué decirle.

Noto que en la foto, entre los senos de ella se ve una cruz. La señalo. Él ríe. “I know, I know —menea la cabeza—. Estamos abandonados en este planeta, que es menos que un grano de arena en el océano y por querer explicar esto, se inventan a Dios, y se inventan que ese Dios tiene reglas: es una idiotez una y otra cosa. Yo estoy fugitivo por culpa de ellos, los religiosos: yo no debería existir, soy esa anomalía que los ofende, yo que fui Cristo soy el único Anticristo posible, pero por eso prefiero pasar inadvertido. Ellos, en cambio, siempre están dispuestos al asesinato, a la masacre, a la tortura y a las vejaciones con tal de mantenerse. Ellos, los hipócritas.”

Luego añade: “Si quieres no publiques eso o van sobre ti también. Todo lo que no se ajusta a su visión lo eliminan. O igual hazlo, total… O no publiques nada.”

(Al final opté por hacer parecer que esto es otro cuento más. Es ficción. Es mentira.)

El síndrome del corazón roto

El primer caso de la enfermedad lo tuvo P, de 21 años, quien había tenido una discusión con su esposo J, y él harto de tanta pelea, salió de casa y se fue a vivir a un hotel. Los síntomas de la joven los describe mejor la literatura universal que la literatura médica, con el agravante de que la pusieron al borde de la muerte. Se sospecha que por los mismos motivos, a su esposo lo encontraron en su habitación de hotel ahorcado con el cable de las cortinas. Se reporta que N la camarera del cuarto de hotel, se ausentó varios días víctima de una extraña dolencia melancólica. Por esos días, la joven P tuvo contacto meramente conversacional con M, ama de casa de 39 años, compañera suya de oficina, y tras escuchar su historia, a los pocos días empezó a padecer el mismo cuadro, a pesar de llevar una relación más bien estable de varios años con E, su marido, quien no atinó a hospitalizarla a tiempo, toda vez que de lo único que ella se quejaba era de que la relación entre ambos no tenía sentido. Al mismo tiempo, T de 42 años, quien por causa de este estudio, se descubrió como aficionado a M desde la preparatoria (aunque ambos aclaran que nunca ocurrió nada entre ellos), tuvo un desvanecimiento en la oficina. En el nosocomio, A, enfermera de T, experimentó la misma clase de afección luego de tratarlo, por lo que a su vez fue internada. Esos fueron los primeros casos. Al parecer la enfermedad se está extendiendo por el mundo de manera inexorable y se transmite de formas desconocidas. Todos han resultado susceptibles: niños, adolescentes, adultos, ancianos. Mientras tanto, han surgido varios grupos de autoayuda y meditación con el propósito de impedir que el principal culpable de ese mal, el amor, entre en sus vidas. Las muertes ahora se cuentan por decenas de miles, si bien se habla que los laboratorios Astra Zeneca y Glaxo Smithkline están compitiendo por sacar un antiviral que protegería al género humano de semejante flagelo. “Estamos seguros de que podremos erradicar el amor de la faz de la tierra en un periodo de cinco a diez años, si las campañas de prevención son implantadas de manera eficiente”, dijo a los medios el vocero de la Organización Mundial de la Salud en una conferencia de prensa. En algunas comunidades nórdicas el amor ha desaparecido por completo y se reporta una población más feliz y eficiente en términos de productividad laboral. La actividad sexual no ha sufrido merma alguna y, según algunos expertos, es muy posible que tenga un repunte de magnitudes planetarias, lo cual ven con beneplácito las compañías de preservativos. Muy rápidamente, los compositores de música popular están buscando generar conciencia en los jóvenes con temas que se han colocado en el gusto de la audiencia tales como “Sexorama” de Lollipop, “El amor apesta” de Moralica, e “Introducción al pensamiento político” de Marx y los Comunistas. “Yo veo este cambio mundial como algo que salvará al planeta al situar a la Humanidad por encima de sus apetitos sentimentales”, dijo el filósofo y líder espiritual norteamericano John Parsons. Como sea, se mantiene la alerta entre la población: si se empiezan a sentir los síntomas de la infatuación, actúe de inmediato: notifique a la persona que le provoca ese malestar, y muy posiblemente se solidarice con usted, en caso de que no lo haga, denuncie a la persona y únase en seguida a su club de sexo grupal más cercano para poder así suavizar los síntomas y esperar a que pase la fiebre amorosa.
¿Y qué pasó con P, la mundialmente célebre y anónima Paciente Cero del mal de amores? Sobrevivió y ahora ae dedica a dar pláticas y conferencias, y es autora del libro “Nunca más”, bestseller mundial.

El crimen prefigurado

Bermúdez llegó a la escena del crimen poco después de las tres de la mañana. El papeleo lo había demorado un poco y el cadáver ya estaba frío. El comandante le dio la explicación: ni se moleste, Bermúdez, ya tenemos al asesino, confesó todo, la víctima era su novia, crimen pasional, si así fueran todos los asesinatos, en la policía no tendríamos tan mala imagen, éste fue fácil. Bermúdez miró el cuerpo tirado en el piso, en lencería de encaje negro, aún hermoso pese a la rigidez, a la piel ya grisácea, a la postura un tanto absurda luego de caer cinco pisos hacia el estacionamiento del edificio. ¿Quién querría matar a una joven así?, se preguntó, pero cosas más tontas había visto.

Pidió hablar con el homicida. Era un hombre cercano a los cuarenta años, casi veinte años mayor que la víctima, estaba en el interior de la patrulla, vigilado por dos policías armados, esposado. Así que ya confesó, le preguntó Bermúdez. El asesino sólo asintió, tenía los labios resecos. Son preguntas de rutina, ¿por qué lo hizo? El asesino se encogió de hombros. Estábamos bien, dijo, me había hecho de cenar y luego, supongo que la empujé. Nadie empuja a su pareja por la ventana sin motivo, dijo Bermúdez, ¿fue un accidente? No, no fue accidente, contestó el homicida. Ella era muy joven para usted. Sí, tal vez ese fue el problema, no sé. ¿Por qué la empujó? Ella me lo pidió. ¿Cómo? Estábamos bien, me había hecho de cenar, luego ella contestó una llamada, se puso nerviosa, usted sabe cómo son esas cosas, uno lo nota, luego regresó tan sonriente como siempre, ya usted sabe, fingiendo… Bermúdez miró al criminal, sintió repulsión por esa clase de móviles para cometer un crimen: los celos, la discusión, lanzarla por la ventana. Y entonces, dijo Bermúdez, ustedes discutieron, ella se puso terca, usted ejerció la violencia y ella en el furor, le dijo sarcástica, lánzame por la ventana, quizá ella le lanzó un insulto, un segundo después, ella se desnucaba contra el pavimento. Usted parece saberlo todo, ironizó el hombre. ¿Me equivoco? El asesino ya no contestó.

Bermúdez subió al departamento. La cena estaba intacta en el comedor. El lugar de ella, el lugar de él, el filete mordisqueado. El celular de él en el librero con la última llamada emitida. El celular de ella en la mesita de la sala con la última llamada recibida. El gato muerto debajo de la mesa del comedor. Entonces lo supo todo. Bajó las escaleras rápidamente.

Tal vez usted la empujó, dijo al asesino, pero o usted miente, o ella le mintió todo el tiempo. ¿Quién es capaz de decir la verdad?, contestó el inculpado. Bermúdez prosiguió. Ella estaba a dieta, por eso sólo comía ensalada, a usted le sirvió un buen trozo de filete que hizo bien en no probar, o de lo contrario no estaría aquí platicando conmigo, sino platicando con ella en el infierno, su gato lo probó y ahora está muerto bajo el comedor; ella no recibió ninguna llamada, marcó desde el celular de usted y fingió una conversación: el registro de llamadas sólo marca unos segundos, estaba hablando con el teléfono apagado; se había puesto lencería negra quizá para que, en caso de que usted decidiera matarla, la encontráramos bella hasta el final; entonces solamente lo probó, quería ver si usted era capaz de matarla, y al final qué es un empujón, ¿no?

El asesino alzó la vista y enfocó el rostro de Bermúdez, moreno, un poco abotagado. Al final qué es sólo un empujón, repitió el asesino mecánicamente, luego miró hacia la ventana de donde ella cayó. La historia es en realidad un poco distinta, dijo finalmente. Estábamos bien, eso pensé, pero siempre fantaseó con la muerte, me había hecho de cenar, pero su gata se adelantó y, mientras ella en la habitación se ponía su lencería, vi a la gata tambalearse, caer de la mesa y morir, y, con claridad homicida, recordé un cuento que escribí hace tiempo, en el que un detective de apellido Bermúdez llegaba a la escena del crimen, y miraba el cuerpo de una hermosa joven en lencería que había caído desde un quinto piso, todo cuadraba, supe que intentaba matarme y que yo debía empujarla para que este relato pudiera existir.

Transferencia

El monstruo descansaba en el clóset, al parecer profundamente dormido. El niño había decidido enfrentarlo protegido con la armadura, el escudo y la espada que le regalaron en su cumpleaños. Pero el rechinido de la puerta despertó a la bestia. Abrió su único ojo, rojo y luminoso, gruñió un poco. El niño se envalentonó. Los monstruos no existen, le dijeron su mamá, la miss Paty, su amigo. La punta de la espada tocó las escamas plateadas del monstruo. Para no existir se sentían bastante duras.

—¡Tú no existes, monstruo! —gritó el niño antes de lanzarse a clavar su espada.

Pero la espada era de plástico, así que no la pudo clavar. El monstruo reaccionó y comenzó a incorporarse dentro del clóset. ¿Cómo era posible que un ser tan gigantesco pudiera estar cómodamente metido en ese espacio? ¿Cómo era posible que mamá no lo viera cuando sacaba su ropa?

El niño comenzó a orinarse en los pantalones de la pijama. A llorar sin aire, en asfixia. El charco empezó a crecer bajo sus piernas. El monstruo dio un paso afuera, y el niño corrió hacia el pasillo, recuperando el aliento para gritar de terror, hacia la recámara de mamá, que aún estaba en cama, medio desnuda, con su amigo, todo el tiempo ese hombre le decía que era amigo de mamá y de él, tú y yo vamos a ser muy amigos, le decía.

Las investigaciones paranoicas

El método es simple, las pistas están en cualquier parte y todo elemento puede aportar algún indicio, cuestión de exprimirlo. Único requisito, admitir la probable desconexión entre las causas y sus efectos racionales.

A nivel histórico, esto se ha llevado a cabo en los regímenes fascistas y, muy especialmente, durante los procesos de la Inquisición, con lamentables resultados. En cambio, un efecto antagónico, positivo, obtuvo el pintor surrealista Salvador Dalí cuando postulaba su método paranoico-crítico de creación, basado en el mismo principio.

La hipótesis aquí es que es factible retomar esos métodos para el autoconocimiento, a través del extrañamiento hacia el mundo y el ejercicio de una paranoia consciente como fundamento de la construcción de una realidad paralela. Pongamos ejemplos:

1) Un hombre encuentra una cartera en el suelo. Decide devolverla a su dueño, por lo que llama a la persona señalada en las identificaciones. Le dice: tengo en mis manos una cartera extraviada, ¿me puede dar su nombre? Muy bien, cómo sé que usted es esa persona. No, como sé que no es su hermano gemelo, o un clon. Ante la imposibilidad de la persona de probar que es él mismo, el hombre se queda con la cartera e intenta ser ese otro hombre a como dé lugar.

2) Una mujer percibe un tenue perfume femenino en la piel de su marido. Con ello se convence de que le es infiel. Por lo tanto, coloca un anuncio en el periódico donde ofrece sus servicios sexuales exclusivamente en horario de oficina. Atiende a diversos clientes en pocas horas y a cada uno le exige que se ponga loción. Cuando él llega, ella le pega su cuerpo desnudo y le dice: huelo a ti.

3) Un hombre sueña el nombre de una desconocida. Al despertar la busca en internet. La encuentra, la añade, añade a sus amigos, entabla amistad con ellos, eventualmente la invita a salir y terminan viviendo juntos: Años después, sueña con el nombre de otra desconocida.

4) Una mujer se encuentra siempre a la misma mujer alrededor de su casa, es evidente que la otra mujer en realidad la sigue por un motivo misterioso. Por lo tanto, la perseguida adopta comportamientos desconcertantes para desubicarla: sale en vestido de noche, finge hablar por teléfono en voz muy alta con un amante o en un idioma inventado, se detiene a orinar en la vía pública. Un día la enfrenta a golpes.

5) El dueño de una casa descubre por accidente que una pared emite un sonido hueco si se la golpea. Golpea con un martillo y hace un agujero, lo amplifica, convencido de que dentro habría algo. Nada. Manda derribar el muro. Pone en el hueco una ventana. Desde entonces se sienta a mirar la ciudad desde esa ventana, decidido a encontrar algo. Una vez vio una nube en forma de anillo y pensó: es el vacío.

Qué quieres de mí

Esa noche oyó que una mujer reptaba por el pasillo, siseaba el aliento, gruñía, la fricción del cuerpo enfermo contra la alfombra, pero ella no la miraba, desde su posición, acostada en la cama, no podía verla, la escuchaba, y así adivinó el odio y la mueca desencajada, las articulaciones desviadas por la postura, que al moverse tronaban, la mujer que reptaba entró a la habitación, se acercó a la cama y se metió debajo del colchón y ella sabía que estaba ahí escondida y no se atrevía a poner los pies en el suelo, calzarse las pantuflas, porque saldría la mano gélida, seca, sus uñas tumefactas, tampoco se atrevía a mirar por el borde porque la mujer se asomaría con esa sonrisa desollada, peor que la imagen de su propia muerte, entonces lloró, rezó para que nunca saliera la mujer de su escondite y se incorporara, la oración que repetía ya no tenía sentido, un avemaría tergiversado por la falta de práctica, por los años desde la escuela de monjas, por el sueño que amenazaba vencerla y dejarla a merced de ella, porque mientras no durmiera, la mujer no se atrevería a nada más que a permanecer oculta, y no apagó la luz del buró y miraba el reloj junto a la lamparita, pero en nada ayudaba su inmovilidad, la calma de los minutos, tac tic tac, porque crujía la madera, rechinaba el colchón, el aliento siseaba, rascaba con las uñas el sueño, qué quieres de mí, dijo entonces y no respondió más que el silencio, se había ido, o dejó de respirar o de moverse, el armario cerrado, las cortinas quietas, las fotos suspendidas en las paredes, la de su graduación donde salía hermosa, la de papá en blanco y negro, las de mamá, la de su hermano, y le dieron ganas de romperlas, porque era por ellos, lo sabía, que fueron incapaces de contenerse, ciegos, volvió a decir, que quieres de mí, pero lo dijo esta vez como un silbido, y el foco de la lamparita se apagó, y la oscuridad se apoderó del mundo, sólo la luz de la ventana que atravesaba las cortinas, no tenía valor para cerciorarse de que hubiera un desperfecto, estaba quieta en la cama y la mujer debajo de ella se movió, lenta, los crujidos, el siseo, los crujidos, en la ventana creció su silueta contra el fondo de las cortinas, y se detuvo ante ella, una sombra horrible al pie de la cama que se quedaría con ella, qué quieres de mí.

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