En uno de los bolsillos del aparatoso chaleco antibalas que pesaba, decía él, ocho kilos, llevaba una pistola color negro. En otro bolsillo llevaba unas esposas.
—Si usted se resiste, voy a usar la fuerza —me dijo el oficial, gordo, alto, pelicorto, iracundo—. Mientras más resistencia más fuerza.
—No, no —le dije—. Sólo déjeme cerrar mi departamento, ir por las llaves, mi cartera.
—¿La cartera? ¿Me quiere sobornar?
—¿Qué? No. Están mis identificaciones…
—No se va a poder.
Domingo ocho de enero, 2012, siete de la noche. El árbol de Navidad había estado tres semanas en mi casa. Era el segundo que compraba. El primero había desaparecido del techo de mi automóvil, en donde lo transporté amarrado. Tuve la mala suerte de comprarlo justo el 10 de diciembre por la tarde. En el camino de vuelta a casa, en un semáforo, el automóvil se bamboleó como si un tráiler pesadísimo pasara junto. No había tal; en cambio, a los pocos segundos las personas ya se congregaban en las banquetas. Acababa de registrarse un temblor de 6.8 grados Richter. Un apagón se extendió por varias colonias, entre ellas la mía, la Roma Norte. Con la calle a oscuras, no era posible bajar el árbol y meterlo en la casa. No sé a qué hora volvió la energía eléctrica esa noche: mucho antes nos quedamos dormidos. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajé por el pino, ya había desaparecido. ¿Quién robaría un árbol de navidad?, preguntó mi hijo de seis años, que esa mañana, ante la vista del techo de mi auto aún con el cartón donde se colocó el pino y los mecates cortados, perdió un poco de su inocencia.
Compré otro árbol. Era más bonito que el primero, de verde muy oscuro, aromático, follaje espeso. Fue decorado con villancicos de Ray Conniff como fondo. No suelo ser así, soy ateo, soy escéptico, soy lo contrario a la cursilería, y a Ray Conniff y sus coros normalmente sólo los tolero, pero tener un hijo te hace recuperar la ilusión de la infancia, la magia, y a través de él vuelvo a vivir las navidades de mi niñez, cuando me quedaba mirando mi cara distorsionada en las esferas, cuando podía aceptar sin cuestionar que vinieran Reyes Magos del cielo a traer juguetes.
Pasaron las fiestas y desmonté el árbol. Había oído en el radio que uno podía llevar los pinos en desuso a centros de acopio. El pino lo había comprado empacado, compacto; ahora sus ramas se extendían rebeldes y no cabían por la puerta. En el trayecto hacia la entrada dejé un camino de hojitas puntiagudas. Dejé la puerta abierta de mi departamento, pensaba regresar a barrer el desorden, a buscar cómo amarrar el pino. La luz de unas torretas de patrulla brillaba en la esquina. Ahora sé que debí volver dentro de mi edificio con todo y árbol, pero me confié. No estaba haciendo nada indebido. Deposité el árbol en el piso, y el policía salió de las sombras:
—Oiga, usted, alto ahí —porque dijo “alto ahí” como en las películas.
El resto del diálogo fue intentar convencerlo de que no pensaba dejar ahí el árbol, que iba a subirlo al coche…
—Usted no tiene coche.
—¿Cómo…? Claro que tengo coche… está ahí atrás.
—Usted miente.
De nada sirvió que le dijera, sin ver, el número de las placas de mi auto y que él lo corroborara.
—Lo voy a remitir con un juez, usted se va a subir ahorita a la patrulla.
—Oiga, pero está la puerta abierta de mi departamento, déjeme ir a cerrarla.
—No, si lo dejo entrar ya no va a salir, y voy a necesitar una orden de arresto firmada por un juez para llevármelo.
—Bueno, acompáñame a que cierre mi casa y vaya por mi cartera.
—No, porque si yo entro a su edificio sin una orden es allanamiento de morada.
—Bueno, te dejo mi iPhone, en garantía. Subo y bajo.
—¡Menos!
—¡Pero yo iba a llevar el árbol al centro de acopio!
—Eso no se lo cree nadie. Acompáñeme.
—¡Me vas a llevar sin identificación!
—No importa.
—¿Y cómo podré comprobar que yo soy yo?
—Ya se lo dirá al juez…
—¿Y cómo va a creerme?
—Acompáñeme.
—¡No!
Alguna vez leí que con la ley no se razona. Aquí era el caso. El oficial quiso también saber si yo era un buen vecino. Empezó a tocar en todos los timbres del edificio.
—Sus vecinos me van a decir quién es usted, y me dirán si tienen quejas…
—Están todas las luces apagadas, no hay nadie en el edificio —empecé a reír. Un acto reflejo que hace que las personas a veces se sientan ofendidas.
—¿Se ríe de mí? Me está usted faltando al respeto. Pero sus vecinos van a hablar mal de usted, ya verá.
Eso me dio más risa. Finalmente, se encendió la luz de mi vecino de enfrente, se asomó.
—Buenas noches. Estamos remitiendo aquí a este ciudadano a la delegación. ¿Usted lo conoce, es su vecino?
Mi vecino asintió.
—¿Ha tenido problemas con él alguna vez?
Mi vecino negó. Parecía espantado.
—Hola. Por favor, me están llevando. Mi departamento está abierto. Ahí está mi cartera en la repisa. ¿Me la puedes traer? Y la puerta ciérrala con seguro. Gracias.
El oficial me empujó a la patrulla.
—No se resista.
Había tres patrullas. Una niña lloraba y se aferraba a su madre. Un hombre discutía y era sometido por varios oficiales. También los iban a subir a alguna patrulla. Decían que eran padres de familia, vecinos. Sus quejas eran las que yo hubiera proferido si no fueran tan obvias: “¡En vez de estar atrapando ladrones, se dedican a llevarse a los vecinos!”, gritaba la mujer. Yo pensé en el arbolito que me robaron en esa misma calle, en la chapa de la cajuela de mi Chevy, forzada y arruinada, por alguien que en esa misma calle, intentó robar. En la vez que entraron a mi departamento y me robaron mi laptop, mi reloj, y lo mismo hicieron en el departamento de enfrente. Y en todas esas ocasiones, la policía no capturó a nadie.
Abrieron la puerta de la patrulla, y entré.
El interior era muy incómodo. La barrera de metal que aísla al ocupante del asiento trasero de los policías, no da espacio para meter las piernas, así que terminé sentándome en flor de loto. Sonó mi teléfono. Era mi ex mujer. Ese fin de semana le tocaba quedarse con mi hijo. Le dije: te llamo luego, me están llevando en la patrulla. Por qué. Por dejar el arbolito de navidad, luego te llamo. Colgué. Me quedé viendo la pantalla de mi iPhone, y entré a twitter: “Me están llevando en una patrulla. No es broma. Por favor RT por si hay abuso de autoridad.” El sólo hecho de que pudiera estar tuiteando significaba que la cosa no era tan grave, pero en esos momentos era imposible saber la magnitud. Mis seguidores empezaron a preguntarme por detalles. A tropezones iba tuiteando los eventos.
“Iba a llevar el arbolito a la delegación o a un walmart, pero el policía no lo permitió. Se puso necio”
“(fue) por sacar el arbolito para subirlo al coche, pero andan cazando vecinos. Se llevaron a otro, padre de familia”
“Se identifica como Juan Carlos Pérez Gutiérrez 846856 comandante cuadrante 13… no me deja corroborarlo”
Volvió a sonar mi teléfono, apareció el celular de mi ex mujer, contesté, en su lugar oí la vocecita de mi hijo. “¿Por qué te está llevando la policía?”, se le oía en verdad angustiado. Traté de explicarle. Pero cómo decirle que me llevaban por culpa del arbolito de navidad, el arbolito que él me ayudó a decorar, donde había puesto su cartita a los Reyes Magos. Le dije como pude que no se preocupara, que sólo iban a hacerme unas preguntas y ya. Eso no pareció tranquilizarlo. “¿Te van a meter a la cárcel?”, sollozaba. Le insistí que no me llevaban a la cárcel, que yo estaba bien, que se fuera a dormir, que mañana le hablaría y todo estaría bien. Colgué.
La delegación Cuauhtémoc, sombría mole de concreto, a esa hora parecía un abandonado edificio estalinista. Los interiores no eran menos feos: sucios, pintados de amarillo y rosa, colores propios para el salón de un jardín de niños. Había butacas de plástico y, sentadas en ellas, personas con caras de domingo arruinado. Un hombre dormía y se arruinaba la columna vertebral sobre tres bancas. Durante las siguientes cinco horas alguien tecleará sin detenerse en una máquina de escribir mecánica, como novelista frenético, y una grabadora chillará de fondo cumbias y salsas, ininterrumpidamente.
El oficial me tenía controlado con la mano medio metida en la parte trasera de mi pantalón.
—¿Es necesario que me agarre de ahí? Digo, no me voy a escapar…
—Es por su seguridad, además que el reglamento me permite que lo asegure de esta forma.
Como sea, era humillante.
Estaban haciendo el cambio de turno. Había que esperar. Quizá hora y media, dos horas. Revisé el twitter, mis mensajes estaban surtiendo efecto: algunos centenares de personas se estaban interesando por lo que me estaba pasando. En la primera hora, unas cien cuentas me habían agregado. El número iría creciendo conforme pasaría el tiempo. Me dio gusto. Algunos abogados se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme asesoría, explicarme qué leyes había presuntamente infringido, qué sentencia correspondía, y cómo podríamos responder legalmente. Me tocaba máximo una multa de hasta 20 salarios mínimos o 25 horas de encierro.
Sentado ya en una butaca, pude ver calmadamente a mi captor. Tendría unos treinta y cinco años, un evidente sobrepeso bien repartido en su cara, las manos gruesas, de dedos pequeños y gordos, la complexión voluminosa de quien está habituado a imponerse sin razones, las arrugas del iracundo en la cara .
—Mire —me dijo—. ¿Usted cree que nos dan algún premio por traer a gente como usted? No nos dan nada. Nos dan si atrapamos al ratero, al robacoches, al narco, al secuestrador, pero por ustedes no nos dan nada. Pero lo hago porque la gente sigue dejando la basura en las esquinas y las quejas se acumulan. Y a ustedes los atrapé en flagrancia. Luego veo gente que lleva las bolsas de basura en la mano y así van camine y camine. Pero mientras no las pongan en el piso, no los puedo atrapar. Tienen que ponerlas en el piso y entonces sí ya procedemos.
Sus ojos eran pequeños y muy negros. Me dio la impresión de que habían visto demasiadas cosas y que estas se habían quedado atoradas ahí, en las venas de sus globos oculares sin poder ser asimiladas.
Dos policías entraron cargando un pino de navidad seco, con el follaje seco y desprendido. Lo depositaron al fondo del pasillo.
—¡Mire! —gritó el oficial al juez, que no salía de la oficina del fondo— Ya trajeron la evidencia. Este es el árbol que dejó aquí el señor en la calle.
—Perdone —alegué yo sin moverme de mi butaca—, ése no es mi árbol.
El pino que había quedado en la banqueta afuera de mi casa tenía todavía el follaje vivo, espeso, en la base traía un platito de plástico. Éste no. Ésta era una conífera seca, entristecida. Tal parecía que habían traído ese arbolito de una bodega. Imaginé que sería el mismo pino que utilizarían como la evidencia ante ciudadanos capturados en flagrancia.
Le tomé una foto. La tuiteé. Luego comenté a las personas que seguían los pormenores de mi detención:
“he oído que en ocasiones la autoridad “siembra” evidencia para culpar inocentes: armas, droga… pero arbolitos de Navidad! o_O”
Las otras personas que habían sido capturadas conmigo, accedieron a posar para mi cámara pero el policía fue tajante: no se permiten fotos. Comenté entonces que en twitter ya éramos tendencia, que estaban retuiteando mi caso al jefe de la policía capitalina, al jefe de gobierno.
—Por culpa de ciudadanos como usted —intervino el oficial, iracundo, preocupado— yo voy a perder mi trabajo. Ya me citaron para mañana para que dé explicaciones. Y lo peor es que usted no acepta que iba a dejar el árbol ahí.
—Es que no iba a dejarlo ahí, iba a llevarlo al centro de acopio.
—Tenga el valor civil de aceptar que usted no iba a llevarlo a ningún lado. Lo iba a dejar ahí en la calle y usted lo sabe, pero no quiere aceptarlo.
—Sí, claro y yo soy un idiota para dejar el árbol en la calle a la vista de tres patrullas, a ver si no me atrapan. Lo dejé ahí para ir por mis cosas, para barrer, para cerrar el departamento. Claro, tú no lo permitiste, y ahora el árbol por el que me trajiste acá, sigue ahí en la banqueta donde lo dejé, porque ése de ahí no es mi árbol. Ni siquiera eso hiciste bien.
—Tú sabes que eso no es cierto. Lo ibas a dejar ahí.
Lo dicho, con la ley no se razona. Un policía más empático con las personas a las que debe de proteger, no hubiera lanzado el peso de la autoridad. Ante un ciudadano con pinta de dejar su árbol a media calle lo más aleccionador sería decirle: “Vaya, veo que va a ir a dejar el árbol al centro de acopio, déjeme ayudarlo a ponerlo encima de su auto, ¿tiene mecates?”, pero creo que eso solamente pasa en la televisión del países hiperdesarrollados, nunca en la realidad.
—Mira —le dije—. No te preocupes. No voy a levantarte ningún cargo ni ninguna queja. No tengo nada en contra tuya. Y si te veo en la calle, te voy a saludar.
El policía bajó la vista.
—Ese árbol no es el suyo —admitió—. Mandé traer el de usted, pero mis policías no hicieron las cosas bien, y trajeron ese otro.
La realidad es que en estos días, hay árboles de navidad tirados en cada esquina de la ciudad. Imaginé a sus patrulleros levantando cualquier árbol, como levantan, se dice, a cualquier peatón para culparlo de crímenes que no cometió, porque no pueden atrapar al verdadero culpable.
Pasó el cambió de turno, pasaron las horas. Finalmente pasé con el juez. Era un tipo de unos treinta años, cabello engominado, vestido de jeans y suéter. Recordaba a esos galancetes de discoteca de los ochenta, nunca a un juez. El policía sostuvo sus acusaciones: yo era un mal vecino que planeaba dejar el árbol en la calle, alterando el orden público, que yo mentía y que evidentemente no iba a llevarlo a ningún centro de acopio. Yo alegué todas las irregularidades, el árbol que mostraban como evidencia no era el mío, que no tenían manera de probar que yo no pensaba enviar mi árbol a un centro de acopio, que estaban cometiendo una arbitrariedad. Fue inútil: el juez me explicó que el reporte de un policía es un documento probatorio y por lo tanto debía pagar la multa de mil trescientos pesos o pasar 25 horas de arresto en las galeras. Si yo no estaba de acuerdo con la acción de la justicia, debía de cumplir mi sentencia y, a la salida, acudir a las instancias correspondientes a levantar mi queja.
—¿Eso haría usted? —pregunté al juez—. Si a usted lo atrapan saliendo de casa, por las mismas absurdas razones que a mí. ¿Usted cumpliría su sentencia y luego se quejaría?
—Sí.
En algún momento, ya cercano a la media noche trajeron el verdadero arbolito (demasiado tarde: ya una tuitera se había encargado de ir a mi casa a fotografiarlo cuando aún seguía ahí).
—Éste sí es el mío —dije—. Miren la diferencia: el otro está todo triste, éste véanlo, todavía está bueno.
Un tío mío y un amigo suyo habían acudido a la delegación a ayudarme. Y estuvieron dispuestos a esperarme todo el tiempo, inclusive ellos me prestarían el dinero para pagar la multa, porque yo solamente traía cien pesos en la cartera.
El juez me llamó.
—Mire, el sistema está un poco lento, le ofrezco, como una atención que pague el cincuenta por ciento de su multa y ya se vaya a su casa.
—Perfecto, ¿me va a dar algún recibo?
Mi respuesta pareció desconcertarlo.
—Digo —agregué— no vaya a haber malos entendidos que luego parezcan corrupción.
—Bueno —balbuceó—. Como le dije, el sistema está muy lento, si gusta que le dé recibo tendrá que esperar unas dos horas más, como mínimo.
—Las espero.
—Está bien… —dijo ofuscado— pase a la sala de espera.
Y pasó como otra hora. Y volvieron a ofrecerme la misma salida sin recibo alguno. Mi respuesta fue idéntica: “Los espero.”
Esta vez la espera fue menor, pagué y me dieron un recibo. Me despedí amablemente de los policías y funcionarios que aún quedaban en esa madrugada del lunes. El oficial que me capturó ya no estaba. Mi tío y su amigo me llevaron a casa. Al llegar, aún estaban las hojas puntiagudas tiradas por el pasillo en dirección a mi puerta. Era hora de barrer.